Miércoles 22 DE Mayo DE 2019
La Columna

Superar la guerra de los sexos

EL BOBO DE LA CAJA

Fecha de publicación: 09-03-18
— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com

Sé de corrientes feministas abiertas al encuentro con sus pares masculinos. Visiones anchas, conscientes de hasta qué punto la dicotomía hombre/mujer reduce a lo meramente biológico el infinito abanico de particularidades que un ser humano puede asumir en la construcción de su identidad de género.

No son estas tendencias –lamento decirlo– las que dominan el discurso y la praxis reivindicativa en nuestro país. Aquí las posiciones políticas suelen ser, más bien, de sello revanchista y hasta cierto punto falofóbico, como si quisieran vengar –con idéntica saña, sólo que en el sentido inverso– el yugo del patriarcado, la escandalosa misoginia que las (y nos) asfixia.

Aun así, sabiendo de entrada que llevo las de perder me atrevo a dedicarles este guiño de complicidad teniendo en cuenta la fuerza volcánica que habita en cada una de ellas. Juntas, además, constituyen mayoría: ¡cómo no aspirar, entonces, a que ese poder transformador recale en objetivos que nos interpelen a “todas y todos”, superando los antagonismos pretendidamente irreconciliables que convierten la acción política en una estúpida guerra de sexos!

La tendencia, por supuesto, es hacia la confrontación: todo el mundo parece afanado en derribar la mentira ajena para imponer su Verdad, algo que en el contexto de las luchas feministas encierra el sinsentido de reproducir, por contagio, el vicio (tan testosterónico, tan profundamente masculino en su naturaleza) de la competitividad. Suma cero: sólo es posible saborear el triunfo si el otro, visto no como un alero sino como un contrincante, es derrotado.

Seré más atrevido y diré que nada de esto es fortuito. Como buenas hijas de su tiempo, las modas feministas traen inscrito en su ADN la lógica del territorialismo y la compartimentación. Han sido formateadas a imagen y semejanza del sistema capitalista que las amamanta. Su agenda es la agenda que marcan las instituciones nodrizas: la llamada cooperación internacional establece en qué renglones pondrá –literalmente– sus fichas. Los valores que enarbolan, el discurso que propagan podrá ser muy progre, muy de izquierda, pero su modus operandi no es distinto al de cualquier empresa centrada en la eficiencia, la productividad y el fomento del individualismo a la hora de medir el cumplimiento de los objetivos trazados.

Es así como el divide y vencerás atomiza a una sociedad huérfana de convergencias, urgida de vislumbrar horizontes comunes. Y claro: a ello súmese que los hombres, la aplastante mayoría de los hombres somos parte del problema al reproducir, todo el tiempo y de mil maneras, la cultura del machismo. Una vil mierda, eso es lo que somos.

Por fortuna, detrás del interés por el dinero, detrás de las agendas foráneas, detrás de ese feminismo oenegero, manierista y panfletario hay mujeres –sé que las hay– dispuestas a hermanarse con sus congéneres para tejer un frente amplio y plural que le apunte a la base de todas las opresiones: esta matriz económica oligopólica, excluyente, cuya trampa consiste en retener privilegios para unos pocos y secuestrar las oportunidades del resto.