Martes 25 DE Septiembre DE 2018
La Columna

La coyuntura es el opio del pueblo

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
Más noticias que te pueden interesar

Tras muchos, demasiados años de lidiar con indecibles tragedias fuimos adquiriendo un callo hecho de cinismo, negación e hipocresía… hasta que la dupla MP-CICIG hizo estallar nuestra burbuja de confort y expuso, ante el público y los tribunales de justicia, la intimidad de los sepulcros blanqueados, arrebatándonos a todos la calma. Ya era hora.

De la noche a la mañana descubrimos hasta qué punto los hechos que conforman la realidad pueden llegar a afectarnos. Fue como si nos hubieran expulsado del nido de la infancia y de pronto, ¡paf!, sintiéramos las hormonas a tope, la pubertad exacerbando las pasiones, la sangre hirviendo en las venas.

El despertar de la conciencia viene, además, a sacudirnos con la novedad de que todo eso que ocurre podemos seguirlo minuto a minuto desde dispositivos portátiles: la postverdad al instante, el hilo de los acontecimientos comprimido en un gadget, reducido a un show macabro en el que –diría, profético, Debord– “lo verdadero es un momento de lo falso”.

Dos narrativas hegemónicas se disputan el todo por el todo en este coliseo a la tórtrix que, por supuesto, no sería chapín sin su oportuna dosis de drama y fundamentalismo. Los graderíos están llenos a reventar de personas como usted y como yo, vociferando consignas, empuñando banderas, cayendo de babosos, tomando partido como hinchas en un vulgar clásico entre rojos y cremas, entre el Barça y el Madrid.

Los buenos, vestidos con una túnica blanca (#YoNoSoyImpunidad) que a muchos les queda demasiado grande, se refieren al adversario, su enemigo jurado, como #PactoDeCorruptos. Éstos, a la vez, lo niegan todo sin arrugarse mientras a la sombra mueven pitas intentando borrar sus huellas del cuerpo del delito. Son los malos de la película, y lo saben; pero aún así se defienden respondiendo: “¡No!, los malos no somos nosotros, sino ese #PactoDeTerroristas que viven del conflicto y sólo quieren dividir a Guatemala”. Y que la olla de cangrejos. Y que el populismo. Y que Venezuela.

Toda esa energía y esa sed de transformación que bulle en las clases medias urbanas quisiera uno verla canalizándose en horizontes más anchos, más fecundos; trascendiendo la obviedad del melodrama. Pero no: la coyuntura es el opio del pueblo y nos tiene a todos prendidos, enajenados y chocheantes.

Uno de tantos engaños flotando en el aire, repetido hasta el cansancio, nos asegura que en la lucha contra la corrupción “no hay nada ideológico”. Lo dice Iván Velásquez, nada menos. Qué pena me da tener que enmendarle la plana y explicar que la cruzada que él encabeza tiene un tope, un límite: ése límite es la institucionalidad que alguien en su posición no puede permitirse transgredir. Así, dentro del marco rector que nos determina todo combate a la corrupción será de carácter reformista –y, por lo tanto, no contrahegemónico.

Algunos párrafos atrás me refería a las dos narrativas en disputa por la hegemonía: la de los buenos contra los corruptos y la de los malos contra los cangrejos. Pero detrás de esa cortina de humo hay una tercera posición ideológica, desdeñada por el mainstream: es la que no se conforma con medidas tibias, paliativas; la que se niega a ‘mitigar’ el problema y, en cambio, le apuesta a transformaciones de raíz. Es la que entiende que la corrupción es sólo un síntoma cuyo origen se halla en el sistema oligopólico mismo: el Reino de los privilegios. El secuestro de las oportunidades.

Etiquetas: