Martes 18 DE Junio DE 2019
La Columna

Tiempo de aire

buscando a syd

Fecha de publicación: 01-03-18
Por: Maurice Echeverría

El ciego.– Y ahora entiendo que al mundo vine a escuchar tus ojos.

Espacio negro en llamas.– Estos somos nosotros, más bien ardiendo. Estos nuestros largos dedos que se están quemando. Incluso el espacio negro es un diamante en llamas. ¿Fuimos nosotros quienes empezamos este fuego, este total insomnio? Viudos de nuestra piel, gritamos.

El viajero.– Corres a la terminal del aeropuerto, y vas como un loco, jadeando tu miseria. Aunque tienes hambre, y aunque tienes sueño, no te detienes, te apuras, continúas corriendo, para no perder así el avión. Y llegas, pero el avión no está ahí. Y no solo no está ahí: ni siquiera existe. No existe el avión, y tampoco la terminal, ni el mismo aeropuerto. No hay viaje, como tal. Lo cual sería aceptable, si no fuera por el hecho que tampoco hay viajero.

Famoso.– Todos me miran. Soy famoso. Nadie me mira.

Nomás un segundo.– El ascensor asciende o desciende pero tú no puedes bajar del ascensor. Los otros sí, por cierta razón. Se bajan del ascensor y se suben sin duda. Unos vienen sin ojos (un pájaro se los habrá quitado). Otros tienen el pelo largo, larguísimo, como un juramento inacabable. Cuando intentas jalarlo se deshace en tus manos. También los hay quienes llevan puestas horribles camisas hawaianas. El ascensor se llena, sí, hasta el punto en que no se puede respirar. Entonces es como un vagón de judíos, rumbo a un campo de concentración. Otras veces el ascensor está perfectamente vacío. Estás tú nomás, y junto a ti flota un corazón de perro, del cual descienden minuciosas gotas de sangre. A veces está tan vacío que ni siquiera estás tú: solo tu rumor, tu posibilidad. Pero la mayor parte del tiempo sí estás ahí, y por tanto gritas. Cuando gritas se detiene un segundo el ascensor. Es como si el ascensor pudiera oírte.

Tiempo de aire.– La chica consigue por fin una señal, en su celular, pero resulta que su tiempo de aire ha terminado.

El mar no tiene calles.– Un náufrago calcinado, engavetado por el mar. Flotando con un tablón, en el abismo de las olas. Cintilan o fosforescen las olas sin cesar. Ciegas en la noche, sordas en el día. Y sobre ellas un náufrago, su magra plegaria. ¿Hay más allá, más abajo, raudos pueblos de tiburones? Hay. Si le dieran un plato de comida envenenada, lo devoraría en el acto. Si pudiera poner su pesada angustia en un baúl, se hundiría en su interior. Es una imposibilidad, claro: el mar no tiene calles. El náufrago, purificado por la sal, entiende claramente su posición en el universo.

Violencia doméstica.– Hubo de salir corriendo: el vestido desgarrado, la nariz en sangre, el dedo roto. Él quedó en la sala, machacada la yugular, por un pedazo de espejo. ¿Y qué otra cosa iba a hacer: permitir que le siguiera pegando, abusando de ella, como cada noche? Mientras da explicaciones al oficial, llora. En secreto, más bien ríe.

Luz.– La lámpara alumbra al lector, deslumbrado por el libro.