Martes 12 DE Noviembre DE 2019
La Columna

Las “fake news” de bajo presupuesto

Lado b

Fecha de publicación: 27-02-18
Por: Luis Aceituno

Si algo nos queda claro con el video que presentó la PNC sobre la captura de un “peligroso pandillero”, irónicamente apodado Little Man, es decir “hombrecito”, es que la institución no tiene el presupuesto suficiente para producir sus propias fake news. Guatemala es un territorio de cine pobre, pero el mentado video roza lo miserable, en todo sentido. Una reconstrucción tan burda de la realidad, que lo único que puede significar es un insulto a la inteligencia del espectador, mejor dicho, del ciudadano, que es a quien pretende convencer la policía de lo eficaz y temerario de su trabajo. Vivimos, dicen unos y otros, en el territorio de la posverdad, una categoría casi filosófica, que en este país se reduce a que la realidad –o la verdad– no es necesariamente lo que los habitantes deben confrontar todos los días, sino lo que sale en la tele. Todo lo que no se filma o fotografía no existe. Lo que para el caso, también quiere decir: Todo lo que no se edita, no se manipula o no se reconstruye no es real.

La hiperrealidad fue un concepto del que empezó a hablarse allá por finales de los años ochenta, cuando el espectáculo comenzó a sustituir a la vida ordinaria. En el cine, que fue donde el término alcanzó cierto auge, un señor de cierta edad, como yo, plegado sobre su computadora escribiendo esta columna, no era realidad sino tedio. Para que la imagen –o el plano– tuviera cierta repercusión y efecto, el señor tenía que demostrar a fondo el sufrimiento o el desahogo que le causaba la escritura, es decir agarrarse de los pelos, insultar, soltar en llanto, retar a gritos al poder desde la soledad de su habitación, agarrarse a trompadas con la pantalla de la laptop. La realidad no se vive, se actúa, se dramatiza, se representa frente a las cámaras. Conocí las fake news, la “posverdad” o la impostura a secas, luego del terremoto de 1976. Caminaba por una de las calles de La Antigua Guatemala y vi a un tipo que fotografiaba una de las iglesias en ruinas de la ciudad. Por el equipo y el atuendo, supuse que era un corresponsal de prensa extranjero. Se veía insatisfecho con su trabajo, hasta que llamó a dos señoras que también caminaban por ahí. Platicó algo con ellas y luego les pidió que se hincaran frente a los destrozos, alzaran los brazos hacia el cielo y simularan la plegaria, el llanto, el grito, mientras él las fotografiaba desde diferentes ángulos.

Que la Policía Nacional manipula “la cruda realidad” de los hechos, es evidente para todo aquel que resista ver los noticieros de la televisión abierta. Pero, a decir verdad, nunca lo habían hecho de manera tan chistosa. Tan estúpidamente irresponsable. Qué lleva a las fuerzas de seguridad a perder todo sentido del ridículo. Qué respeto, qué legitimidad puede construir la institución con semejantes payasadas. Mientras una población desprotegida –incluidos los policías de a pie– debe enfrentarse día a día a criminales de verdad, con pistolas de verdad, con balazos de verdad, con sangre de verdad, con muertos de verdad, una serie de terminators del subdesarrollo, se divierte jugando a las mentiritas. Cosas posveredes, Sancho amigo.