Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Call Me By Your Name

AT-Field @Tropismo

— Juan D. Oquendo
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Oliver es un estudiante estadounidense de 24 años que llega a un pueblo al norte de Italia para hacer una pasantía con un profesor en arqueología. En la casa de su anfitrión conoce a Elio, el hijo adolescente de 17 años que pasará el verano más importante de su vida. Basada en la novela homónima de André Aciman de 2007 y dirigida por Luca Guadagnino, Call Me By Your Name cuenta entre nostalgia y sensualidad el romance entre Elio y Oliver en la Italia ochentera con la frescura adecuada y sin valerse de los clichés de filmes sobre relaciones homosexuales.

Con cuatro nominaciones al Oscar (Película, Actor, Guion Adaptado y Canción) la cinta es totalmente distinta a lo que hemos visto en las últimas ceremonias de la Academia. Primero porque trata el tema de una relación homosexual en la que Elio (interpretado por el genial Timothée Chalamet) y Oliver (Armie Hammer, The Social Network) no están huyendo de la sociedad, no son acosados por las leyes y que de paso tienen un entorno que deja ser. Lo único que Elio tiene que hacer es dejarse descubrir, descubrir a los otros y tomarse su tiempo.

Y Guadagnino hace eso, se toma su tiempo para contar la historia. De alguna forma hace sentir esa nostalgia pesada que podría tener Murakami en sus novelas, al igual que Aciman –imagino porque no he leído la novela– sin la necesidad de contar con un narrador que recuerda algo que vale la pena recordar. La nostalgia nos es dada porque Elio y Oliver se enamoran en pequeños encuentros, miradas, gestos, caricias y suspiros apenas perceptibles. Y porque es ese amor adolescente que todos alguna vez tuvimos y perdimos.

Luego está el tema de la sensualidad. Dios santo, Call Me By Your Name pone a Chalamet y a Hammer con torsos curvos, como dice el profesor sobre unas esculturas que acaban de descubrir: invitando a la contemplación en poses casi imposibles. Todo el tiempo vemos una atracción entre ambos que es casi ingenua, dulce, llena de mística entre dos judíos, americanos, rodeados de franceses, italianos y cuentos alemanes.

El remate es casi al final, cuando el padre de Elio (Michael Stuhlbarg, The Shape of Water, The Post) le dice que está ahí para él, y que disfrute y deje entrar todos sus sentimientos, que no se cierre porque tuvo algo que vale la pena atesorar. El papá que todos  quisieran tener: comprensivo, empático y amoroso.

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