Domingo 24 DE Marzo DE 2019
La Columna

Apelando al discurso feminista

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
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Intentaré, en los párrafos que siguen, apelar al discurso feminista preponderante en Guatemala, haciendo constar las discrepancias de forma que tengo con algunos de sus posicionamientos –por mucho que, de fondo, ellas y yo coincidamos en el objetivo de alcanzar una sociedad plena, robusta e incluyente.

Hace un par de semanas se supo que el Congreso designó al diputado Aníbal Rojas como presidente de la comisión de la mujer. La avalancha de objeciones no se hizo esperar. “En un mundo donde las normas han sido creadas por los hombres y para los hombres”, protestó una indignada, “es imperioso que una mujer norme las necesidades de otra”.

“Estás conformándote con poco”, intervine. “Hace falta, además, y sobre todo, que esas mujeres sientan, reflexionen, se pronuncien y actúen en representación de las mujeres”.

Pienso, pongo por caso, en nuestra canciller Sandra Jovel y compruebo que la asignación mecánica de cuotas de género es una política ingenua y potencialmente temeraria. ¿O acaso van a decirme que ella, flagrante defensora del Estado mafioso, representa de algún modo a las mujeres?

¿Las representa Sandra Torres, tal vez; remedo de macho alfa engalanada en traje sastre? ¿O Roxana Baldetti, ex reina de belleza que aprovechó su atractivo para colarse hasta la vicepresidencia y más allá?

¿Quieren que hablemos de representatividad en la asignación de cargos públicos? ¿Qué les parece entonces buscar –¡y hallar!– esa representatividad en las ideas, no en el sexo ni en la religión ni en la etnia ni en la edad ni en la estatura ni en el tamaño de la billetera de las personas? Y, más que en las ideas, en la praxis: ¡en el ejemplo!

De lo contrario, el paroxismo de las cuotas terminará por revirarnos su aparatoso absurdo: imaginen una cámara legislativa en la que, además de las jurisdicciones distritales, sea obligatorio que haya al menos un parlamentario (o parlamentaria) por cada una de las veintipico etnias que hay en el país, y alguien que abogue por quienes somos cisgénero (heterosexuales, lesbianas, gais), y alguien más por la comunidad intersexual, y alguien más por el gremio queer, y alguien más por quienes se declaran pansexuales… y, ya en el culmen del delirio por abarcar todititos los colores del arco iris, alguien más –¿por qué no?– velando por el interés y los derechos de quienes se definen asexuales.

No sé si me explico. Espero que sí.

Volviendo al feminismo abierto al encuentro con sus contrapartes, en buena lid me permito sugerirles que la paridad no tiene sentido en un escenario donde –como suele ocurrir en Guatemala– las mujeres se limitan a reproducir los estereotipos machistas, los prejuicios misóginos, la cultura patriarcal, el pensamiento conservador. Vista con rayos láser, la discriminación positiva no es más que un estúpido promedio: una puesta en escena lánguida y cursi.

Por expresar esto mismo, una ¿ex? amiga dejó de hablarme. Lo cual me lleva a la lamentable conclusión de que, con adversarios comunes tan poderosos que embestir en mancuerna, la guerra de los sexos está agotando nuestras fuerzas en momentos cruciales.

Divide y vencerás.

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