Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Aletea lejos, miedo

lucha libre

— Lucía Escobar
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No duerme, deambula en vela por las calles desiertas de la ciudad capital. Se siente en los barrios populares pasando por los asentamientos, las colonias con garita, y subiendo por los pisos fríos de los apartamentos sobreprotegidos. El miedo habita en el alma de la ciudad de Guatemala. Es su nahual, el guardián de su esencia.

Aquí se respira miedo a todo: al otro, a la oscuridad, al silencio, a lo desconocido. Miedo a que se entren a la casa, miedo a salir de noche. Miedo a no encontrar trabajo, miedo a perderlo. Miedo a expresarse, miedo a que se exprese el otro.

Ese sentimiento atemorizante está impregnado en las calles y avenidas, en los callejones, en los grandes bulevares. Se transmite como el aullido nocturno de los perros lobos por el aire y a través de las paredes. El miedo es una sensación pegajosa, como un calor o una enfermedad. Todos contagiamos el miedo, muchas veces sin saberlo, otras a propósito. El miedo salta de persona en persona, se corre como ola, se transmite por los chats, a través de videos de asaltos, de noticias amarillistas, de prejuicios que se alimentan con las diferencias.

Los periódicos y los noticieros son los principales distribuidores de esta angustia. Las iglesias azuzan otro tanto. Y las empresas de seguridad viven de su crecimiento y expansión. Las aseguradoras lucran a su antojo con nuestros miedos más profundos. Los políticos se aprovechan de ese sentimiento para dictar leyes y proponer acuerdos, que con la excusa de curarnos del miedo, intentan coartar las libertades más elementales como la de expresión o la de amarse.  Con la excusa de vendernos seguridad nos quitan libertad, nos roban la confianza, nos encierran en una cajita o burbuja de cristal.

Nacer, crecer y vivir en espacios donde el miedo es cotidiano puede llegar a afectar la salud mental de generaciones enteras.  Responder permanentemente con agresividad es una consecuencia de verse afectado por el miedo.

En un mundo donde el miedo vende tantas cosas, es necesario encontrar maneras de combatirlo. Muchos miedos que recorren nuestros pensamientos, no son más que monstruos de nuestra imaginación, situaciones que jamás van a llegar a materializarse. Y por otro lado, están los miedos reales y concretos, los miedos con razón que exigen una respuesta rápida y certera pues nos están advirtiendo de un peligro concreto y posible.

Y si bien sentir miedo es inevitable, no lo es la manera en que nos enfrentamos a él. Ahí es donde tomamos el control de nuestros actos o nos paralizamos, o corremos y azuzamos los sentidos y decidimos soluciones drásticas o arriesgadas para salir de esa situación atemorizante.

Da miedo caminar sola cuatro cuadras de noche en zona 10 pero eso no paraliza a nadie. No vamos a dejar de salir por la incertidumbre a que nos roben el celular. No vamos a permitir que el temor nos quite la confianza.

Así que la mayoría de guatemaltecos que se enfrentan cada día a la agresividad palpitante de la ciudad capital, han aprendido a vivir individualmente y en sociedad con el miedo. Lo analizan. Lo transmutan. Lo combaten. ¿Cómo combatir el miedo? Caminemos con fuerza, seguras de nosotras mismas. Veamos de frente. Aceptemos retos difíciles. Tirémonos al agua sin tocarla antes. Apostemos todo. Confiemos en nosotras mismas. Confiemos en los demás. Cuidémonos sin limitar nuestros sueños. Estemos pendientes también de los otros, preocupémonos por nuestro entorno. Extendamos nuestra red de confianza, abrámonos a la vida. Dejemos de limitarnos y expandamos nuestro ánimo.

Enfrentemos esa angustia que vuela bajo sobre el país.

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