Domingo 18 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Cómo combatir la impunidad

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
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Pienso que el primer paso para combatir la impunidad es reconocer que la corrupción nos atraviesa a todos. Usted y yo formamos parte de un sistema esencialmente corrupto, podrido hasta la médula. Unos por acción, otros por omisión, hemos permitido/alcahueteado/fomentado prácticas al extremo de llegar a normalizarlas… y de justificarlas incluso.

Acostumbrada a guardar las apariencias (los trapos sucios se lavan en casa), más papista que el Papa en su afán de darse baños de pureza, hábil para zafar bulto y endosarle el peso de la culpa al vecino (yo no fui, fue teté), hipócrita como pocas en el mundo, inveteradamente conservadora y reaccionaria, la sociedad guatemalteca se estremece entre el morbo y el asco con cada sacudida que viene recetándole la mancuerna MP-CICIG de tres años para acá.

Tanto Iván Velásquez como Thelma Aldana han sabido aprovechar el respingo timorato de nuestro ethos chapín, ella invocando el nombre de dios como si el cargo que ocupa no fuera en representación de un Estado laico, él tolerando que se lo asocie con los superhéroes de los cómics a la vez que escurre, en su discurso, una narrativa de tintes esencialistas con eso de que la lucha que él encabeza “no puede” ceder a presiones de ningún tipo, como si el ejercicio de la política ocurriera en el vacío profiláctico de un laboratorio y no en el estira y encoge de ineludibles relaciones de poder.

El efecto a corto plazo de tales posturas (con el acicate oportunista de los mass media) ha sido inflamar aún más esa sangre caliente que caracteriza a los chapines, ya de por sí elusivos con la prudencia y regalados a la hora de entrar al juego de la polarización.

Un recorrido por las redes sociales basta para constatar que la guerra de los buenos contra los malos está más al rojo vivo que nunca. ¿Quiénes son los buenos y quiénes son los malos? Da igual: en un escenario cegado por las pasiones, los buenos siempre seremos nosotros y los malos siempre serán los otros. No hay reflexión que valga. No hay cabida para el análisis. Como en los graderíos de un estadio donde dos equipos se rifan el todo por el todo, los hinchas de uno y otro bando pretenden imponerse entre gritos, sapos y culebras.

No es mucho lo que cabe esperar de las llamaradas de tusa porque, desafortunadamente, lo que tienen de intenso lo tienen también de efímero. Por eso, el efecto a largo plazo de manipular a la ciudadanía es lo que vemos ahora: el fuego está agotándose en reyertas hasta cierto punto frívolas, sin percatarnos de que el verdadero enemigo (común a muchos de los buenos y a muchos de los malos) sigue fresco y lozano, agazapado a la sombra.

Ese enemigo, repito, nos atraviesa a todos y tiene con el agua en el cuello a más de la mitad de la población del país. Se llama economía oligopólica: el secuestro de las oportunidades. De ahí se desprenden todos nuestros problemas. Las mafias incrustadas en la política son tan sólo uno de los muchos tentáculos del monstruo.

Volviendo al primer párrafo, me permito reproducir aquí las palabras de Anders Kompass, embajador de Suecia, al hacer público su apoyo a la CICIG: Aun cuando la mayoría se posiciona en contra de la corrupción –dijo–, muchas veces participan en hechos corruptos al percibir que no tienen otra alternativa. Si la única manera de conseguir socorro para su niño es sobornar al médico, la mayoría de la gente lo hará. Pero eso no significa que ellos piensen que es moralmente aceptable.

¿Qué tal si, en vez de seguir señalándonos mutuamente con el dedo, empezamos a echar pan para nuestro matate?

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