Jueves 13 DE Diciembre DE 2018
La Columna

Seguir el ejemplo de Anders Kompass

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
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No hace falta ser de derecha para sentir el asco que siente alguien como yo con el despilfarro y la hipocresía injerencista que campea como norma en el mundillo de la cooperación internacional. ¿Cuántos trillones de dólares y euros han caído en el agujero negro de la “ayuda para el desarrollo” desde la apuesta por aquel Plan Marshall, hace setenta años? ¿Hasta qué punto ha servido todo ese dinero para cumplir los objetivos planteados en la letra muerta de las nobles intenciones rubricadas en un papel que todo lo aguanta? ¿Tenemos hoy un mundo más digno, menos asimétrico, mejor integrado?

Algunos indicadores mejoraron considerablemente desde entonces, y justo es reconocerlo. Pero, si a eficiencia vamos, los resultados muestran que el suntuoso experimento llamado asistencialismo ha sido un rotundo fracaso. Cuesta entender cómo es posible que nadie, hasta ahora, haga nada por replantear el problema, por ensayar rutas distintas. La inercia, el cinismo, la desfachatez, el acomodamiento y la mediocridad son moneda corriente en ese círculo infame donde el que paga los mariachis es el que decide cuál será el repertorio y marca asimismo en qué clave se entonan las canciones.

Para colmo, el tráfico de influencias y el encubrimiento de atropellos contra la dignidad humana han dejado de ser excepción para convertirse (como ocurre también en la Iglesia católica) en escándalos cada vez más frecuentes. Si la policía no hubiera sacado a Dominique Strauss Kahn del avión en el que intentaba regresar a su país, lo más seguro es que el entonces jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI) habría sido presidente de Francia. Eso a pesar de ultrajar, #HeToo, a la mucama del hotel en el que se hospedaba en Nueva York.

Mucho más a la mano tenemos el caso del guatemalteco Edmond Mulet: pese a haber vulnerado las leyes de adopciones de nuestro país en la década de los ochenta para lucrar exportando bebés, logró mantenerse impune, evitar la cárcel y conservar su cargo en Naciones Unidas como secretario general adjunto para operaciones de paz, alegando que si lo hizo fue por “motivos humanitarios”. Peor aún, lejos de recibir sanción alguna el mismísimo Ban Ki Moon, entonces secretario general de la ONU, recompensó sus ‘buenos oficios’ designándolo jefe de gabinete de la secretaría general de la ONU. Chulada de belleza.

El caso de Anders Kompass, en cambio, revela hasta qué punto la podrida burocracia de los organismos supranacionales, con tal de ocultar las cochinadas que permite de puertas para adentro, es capaz de sacudirse a sus más valiosos funcionarios. Tras realizar una labor sobresaliente en Guatemala como comisionado de los derechos humanos, fue nombrado director de las operaciones de campo de la ONU.

Una vez ahí, Kompass denunció el abuso de 16 niños en la República Centroafricana por parte de las tropas francesas del Cuerpo de Paz. El caso no sólo fue encubierto sino que le valió la expulsión del cargo, acusado de violar protocolos internos. Por fortuna para él, la diplomacia sueca sí fue capaz de reconocer sus quilates, de tal suerte que ahora funge de nueva cuenta en Guatemala como embajador.

Con todo el respeto que me merece la labor que ha venido desempeñando Iván Velásquez a cargo de la CICIG, no sé qué autoridad puede tener la ONU para dar lecciones de combate a la corrupción. Pero de Kompass sí me fío. Su ejemplo, su trayectoria, habla por sí sola. El mundo necesita más personas así.

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