Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
La Columna

“Regáleme sus ojos, canche”

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
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Estoy gratamente impresionado por la avalancha de testimonios de mujeres que, rompiendo el silencio, se han atrevido a denunciar a título personal el miedo, las condiciones de opresión y el abuso sistemático que vienen sufriendo por parte de la cultura patriarcal y machista. En nombre de los que callan ( y en nombre, también, de los que no tienen manera de hacerse escuchar) considero afortunada y saludable esta ola expansiva cuya genuina indignación viene a sumarse a los ya de por sí recios vientos que exigen cambios en el mundo.

Siendo poco más de la mitad de la población global, las mujeres tienen una oportunidad de oro no sólo para exigir el respeto y la equidad que de sobra merecen, sino para pronunciarse en representación de toda forma de tiranía. Por desgracia, en medio de tan legítimas consignas se filtra el furor puritano, la mezquindad oportunista, las agendas particulares, la sed de venganza, el dogmatismo a cal y canto. A menudo ocurre que las voces más potentes son también las más fanatizadas. Una pena.

¿O acaso, rabiosas voceras del sentir femenino, van a decirme que sólo ustedes sufren vejaciones? Peor aún, ¿van a alegar que sólo ustedes tienen derecho a denunciar el yugo represor, que es SU momento histórico y que no está nadie más para venir ahora a arrebatarles el protagonismo de una batalla que de hecho –les guste o no– comparten con otros sectores tanto o más golpeados por quienes detentan el poder?

Admito que en mi calidad de hombre, blanco, de clase media privilegiada (y, para colmo, heterosexual) tengo poco que abonar al respecto. Pertenezco, podría decirse, a la burbuja menos tocada por la discriminación. Pero aún así tengo historias en mi haber, recuerdos desagradables, transgresiones que en su momento me afectaron, episodios de acoso, tentativas de abuso: una maestra en el colegio que intentó meterme mano teniendo yo ocho años, una jefa que me tiraba el calzón y otra que de plano fue tan obvia en sus pasiones que acabó poniéndome en mal con el marido, amigas que dejaron de serlo por su incapacidad de asimilar un “NO” como respuesta.

Muchos no me creen, pero siempre fui tímido en mis relaciones con el sexo opuesto. Ha de ser por eso que no recuerdo casos en que el acosador haya sido yo. Más bien al contrario. ¿Dichoso? Tal vez… pero no siempre. De veras que no. Lo juro.

¿Por qué tímido? No lo sé. Intento hacer memoria y lo más lejos que consigo llegar es a una vez que mi mamá me mandó a comprar el pan en la Pavailler de La Florida. Al entregarme la bolsa con hojaldras y franceses la dependiente, toda pizpireta, se me quedó viendo y en mitad de un suspiro dijo algo que a la sazón me perturbó muchísimo: “Regáleme sus ojos, canche”.

¡Qué iba a saber yo que no lo decía de modo literal! A esa edad imaginé que de verdad pretendía que me arrancara los ojos de las cuencas para obsequiárselos. Aún hoy siento escalofríos.

Tonterías, si quieren. Cosas de chicuelos. Pero es justo eso lo que me interesa señalar: la medida de la huella que nos dejan tales impresiones es en todo caso subjetiva… y siempre, léaseme bien, siempre habrán casos más espeluznantes que el nuestro.

Razón de más, digo yo, para renunciar a las banderas personalistas y hacer bulto a favor de causas más anchas, más incluyentes, más poderosas.

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