Lunes 10 DE Diciembre DE 2018
La Columna

Resistencia al tiempo

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
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Algunos moradores de La Antigua y sus alrededores se resisten a sucumbir a los nuevos “modos” de vida de la ciudad. El Centro Histórico ya no es residencial, los viejos caserones se han ido convirtiendo en restaurantes, bares, hostales, almacenes para turistas y tiendas de insumos que han sustituido a las antiguas tiendas de barrio atendidas por sus propietarios.

Entre las nuevas modalidades están las bien surtidas tiendas de abarrotes, donde se han disparado los precios de los productos del diario, y han sumado a su inventario la venta de licor hasta altas horas de la noche, hojas verdes para fumar y “cajetillas de fósforo” para inhalar.

Quedan poquísimas de las tradicionales tiendas de barrio, que eran atendidas por las propietarias de las casas, señoras mayores, de trenza y cabello blanco, regordetas y de paso lento.  Allí se reunían a conversar al final de la tarde los del barrio sobre  temas variadísimos como el reuma de los dedos de la mano, las goteras o algún chisme inventado del vecino.
Hoy en día, miles de turistas visitan La Antigua, la nueva “party city” de Guate, quienes creen que pueden comportarse como no lo hacen en sus propios países o ciudades, en donde sí existen reglas claras que se cumplen.

Una fotografía nocturna incluiría venta de licor, extranjeros bebiendo, ya medio borrachos sentados en las banquetas frente a las tiendas de abasto.  Ruido y música ensordecedora de reguetón proveniente de alguna ruina, con decibeles altísimos cuyas vibraciones castigan el monumento. Y, para terminar, fuegos artificiales a lo Disney, culmen de la cultura kitsch, celebrando con pólvora una boda. El ruido molesto y ensordecedor, y el abuso nocturno son los nuevos atributos de una ciudad que por siglos se movió a ritmo de carretones de bueyes, calles silenciosas y tranquilas, y en donde las puertas se dejaban abiertas o se abrían con una pita.

Sin embargo, aún existen barrios atrincherados cuyos moradores se resisten a dejar el terruño, y las costumbres ancestrales que por siglos hicieron caminar a los “panzas verdes” de la mano de un calendario más litúrgico, que secular. Espacios donde el comercio, restaurantes, hostales y bares no se han llegado a instalar. Donde la vida cotidiana fluye, las personas se reconocen y saludan, van a traer el pan por la mañana, toman atol a las cinco en el atrio de la iglesia y los domingos sacan a pasear a sus perros.

Se debe tocar fondo, dicen, para que comience el saneamiento. No logro descifrar si La Antigua tiene aún chapuz o se debería tirar la toalla y comenzar a rezar el responso por la causa perdida. Los volcanes siguen afortunadamente en su lugar, el conjunto arquitectónico aguarda, y el fantasmal río Pensativo impide a los vecinos rendirse a la invasión fiestera y el descontrol. No hay que rendirse alquilando el inmueble a tiendas surtidas para buscar refugio en donde las leyes se cumplan. Lo importante son los habitantes que viven, trabajan, estudian y se expresan…

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