Jueves 18 DE Julio DE 2019
La Columna

…El baúl de las sorpresas

SOBREMESA

Fecha de publicación: 15-01-18
Por: María Elena Schlesinger

Dámaso esperó con paciencia sentado en una silla de madera color caramelo a que le entregaran su encomienda. Un calendario de numerotes negros, la mayoría de ellos tachados con una cruz, resaltaban la fecha: miércoles 22 de diciembre de 1920.

 

“Dámaso B, su encomienda”, gritó a voz en cuello uno de los empleados, y después de una docena de firmas y sellos de tinta morada estampados en papeles y papelitos de todo tipo y tamaño, dos mozos de cordel colocaron con mucho esfuerzo y ñeque, un baúl rectangular de regular tamaño sobre el mostrador chaparro pintado verde perico de la Aduana Central.

 

“Como que le mandaron piedras”, le dijo al abuelo uno de los cargadores, mientras se secaba el sudor con la palma de la mano; “o balas” asintió el más chaparro y peludo, haciéndose el chistoso, mostrando una boca pelona y sin dientes delanteros.

 

Dámaso buscó con prisa la procedencia del envío y advirtió que llegaba de Hamburgo vía Nueva York, y él que lo remitía era su hijo Salvador, quien había fallecido recientemente en Guatemala, durante los calores sofocantes del mes de agosto.

 

Estaba a punto de ponerse triste, cuando una voz firme y demandante le ordenó que se apurara, que no podía pasarse allí todo el día contemplando su baulote, que por favor se apurara a moverlo porque había muchos paquetes que entregar y estaba obstruyendo el paso.

 

Ante la prisa del desalojo, el abuelo salió corriendo a la plazuela a buscar una carretela y dos mozos que cargaran y llevaran a la casa su embarque. Ya en movimiento, Dámaso notó que los caballos tenían dificultad para moverse con tremendo peso por el empedrado destartalado de las calles de la ciudad en ruinas, y para no pensar en su baúl ni es su procedencia, comenzó a espantarse con las manos los pensamientos tristes que le revoloteaban en la cabeza, como mariposas o
pájaros negros.

 

Al llegar, Dámaso gritó que ya estaba de vuelta. Pidió a los mozos que por favor le colocaran el baúl en el suelo de su despacho, y sin regatearles un centavo, como era su costumbre, les pagó exactamente lo que pidieron sin escatimarles un céntimo. Les agradeció en la puerta de la casa y corrió a resguardarse a su guarida, a su despacho.

 

Deseaba estar solo. Su ánimo le pidió cerrar las doble ventanas de madera para quedar a media luz. Sentado en su silla escritorio, Dámaso contempló el gran baúl laqueado en azul que su hijo ya no había alcanzado a recibir. ¿Qué habría dentro que pesaba tanto? ¿Por qué Salvador no le advirtió que faltaba una pieza de equipaje por llegar, cuando tuvieron suficiente tiempo para la despedida, hasta para el detalle de escoger nicho en donde quería estar en el Cementerio? Pensó, entonces, que sería mejor no abrirlo. Esconderlo en el cuartito del tercer patio de la casa, cerca del árbol de anonas y el mandarinal. O regalarlo así, sin abrirlo, al hospicio de niños, para que ellos se llevaran la sorpresa. Estaba cansado de sentir dolor.

 

La bulla de las niñas corriendo por el corredor lo sacaron de la pesadilla de sus pensamientos. Abrió las bandas de madera de las ventanas para que inundara la luz de la mañana el cuarto, y ayudándose de unas tijeronas negras que tenía guardadas en la última gaveta del escritorio, hizo de tripas corazón y se decidió a abrir el último despojo tardío que le llegaba de su hijo Salvador.

 

El abuelo Dámaso se mantuvo sereno, pero profundamente triste. Las chapas de bronce comenzaron a saltar como grillos por el piso. Nunca se imaginó lo que encontraría adentro…