Martes 20 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Ah, la música, la música

Lado b

— Luis Aceituno
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En el Constancio C. Vigil, un colegio mixto en donde cursé toda mi educación primaria, los hombres hacíamos costura. Era una materia obligatoria que, por supuesto, nos convertía en el hazmerreír de toda La Antigua Guatemala, al menos de los chavos de nuestra edad que asistían a escuelas donde practicaban las “artes industriales”, una actividad más viril, de esas que refuerzan la masculinidad. La “hombría”, como decíamos. En el Constancio, también hacíamos carpintería (o lo que considerábamos como tal), solo que la hacíamos por parejo hombres y mujeres. No era un centro educativo de esos que hoy llaman de avanzada, sino más bien conservador, en donde el catecismo era una materia tan importante como las matemáticas. Pero tenía este tipo de contradicciones, que al final me ayudaron a construir una sensibilidad a contracorriente del machismo imperante en mi generación y, desde muy joven, a tratar de encontrar otras vías de entendimiento entre hombres y mujeres, más humanas y más justas para todos. No recuerdo haber vuelto a tejer o a hacer cruceta luego del colegio, ni tampoco esas clases me llevaron a descubrir en mí una vocación de sastre o de diseñador de modas, pero me enseñaron a ser menos torpe con las manos y eso vaya si no me ha servido en la vida.

Lo saco a colación, a propósito de la supresión de las clases de música y de artes plásticas del currículo escolar. Más bien, del amontonamiento de las mismas junto al teatro y la danza (disciplinas que también exigen una formación y un tratamiento especializados) en un curso que se llama algo así como “expresión artística”. La pregunta sería, por qué no juntamos entonces las matemáticas, la física, la contabilidad, la estadística… en una materia que se llame “expresión numérica”. Hablemos de la música, que fue la que causó mayor polémica. Don Lorenzo Chang, mi profesor de artes plásticas, por deferencia con mi madre, me citaba a su estudio todos los sábados por la mañana, para ver si yo por fin entendía los rudimentos de la perspectiva. Trabajábamos en silencio y con fondo de música clásica. Cada cierto tiempo, Don Lorenzo suspiraba y decía: “Ah, la música, la música”. A mí, que en ese entonces tenía los oídos repletos del rock and roll más agresivo, me llevó algún tiempo comprender de qué me estaba hablando. No dejé por un lado los placeres de Led Zeppelin, pero intuí que había un universo sonoro muchísimo más amplio. Fue cuestión de buscarlo.

Mi profesor de música más memorable fue don Chemita Vielman, un compositor bastante bueno de canciones infantiles. Con él acompañándonos al piano, entonábamos cosas como “Va el burrito paso a paso/ con su carga de carbón…”. Claro, cuando crecimos terminamos haciendo mofa del asunto y adaptándole a la melodía letras, llamémosles, más inquietantes. Pero, el contacto con la música, con la cadencia, con el ritmo fue definitivo para mí. Nunca llegué a tocar marimba, ni le saqué una puta nota a la flauta dulce. Pero la formación musical me acercó, como las matemáticas, a cuestiones más complejas: el pensamiento abstracto, por ejemplo, y la necesidad de armonía y de belleza en el mundo. A comprender la metáfora, el lenguaje figurado, y a rechazar la literalidad, esa enfermedad que nos corroe y que nos pudre en la Guatemala de hoy.

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