Domingo 18 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Esto se acaba

follarismos

— Raúl de la Horra
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O sea, que estamos llegando al final de un camino que se renueva y termina cada doce meses y que pasado mañana, apenas el lunes, estaremos recorriendo de nuevo en línea recta hacia las procesiones de Semana Santa para aterrizar casi sin darnos cuenta en las celebraciones del Día de la Madre y luego del Padre, las cuales anuncian de hecho nuestra llegada a la mitad del año, catapultándonos enseguida hacia las fiestas de la Independencia, las cuales presagian la llegada inminente del mes de noviembre con sus ceremonias del Día de los Muertos y de las brujas, haciendo volar un barrilete de nostalgia por los vientos y los fríos que ya ni existen, pero que traen bocanadas de aromas a ponche y a pino de los pesebres y músicas de villancicos, enfrentándonos por fin, cara a cara, con la Navidad y el Año Nuevo que nos indican el término de un ciclo que dos días más tarde estará avanzando ya, otra vez, de manera implacable, rumbo a las procesiones de Semana Santa, etcétera. Y resulta que esta locura no hay quien la pare, porque estamos metidos dentro de una rueda que da vueltas y vueltas al son de músicas de carrusel, y nosotros, dentro, intentamos guardar un precario equilibrio, pero con frecuencia somos expulsados de pronto sin piedad hacia el exterior, allí donde todo es silencio y donde se abraza la nada.

Pero no nos aceleremos. Considero que aún hay espacio y tiempo para detenernos en el reino de lo microscópico y de los detalles, en el goce de la vida experimentada a conciencia y no solo sufrida, dentro de un escenario en el que hay miríadas de vivencias que nos pueden tornar agradable la locura del carrusel, y hacerla jugosa y gratificante. Por eso, en este fin de año, propongo algunos minutos de atención sobre aquellas cosas que nos son verdaderamente importantes y sin las cuales nuestra vida perdería seguramente su sentido. Probablemente no se trata de cosas propiamente materiales en sí, sino del mundo de las relaciones, de la comunicación y de los afectos interpersonales, así como del universo de los placeres que otorga el descubrimiento y el conocimiento. Las delicias de compartir, de enamorarse, de amar, de profundizar una amistad, de enseñar y aprender de los otros. El gusto por hacer y apasionarse por determinadas cosas o actividades, pero que remiten a sueños compartidos que vale la pena expresar y hacer realidad, tejiéndolos laboriosamente como si fueran alfombras de Persia que uno termina y regala. Redescubrir el hábito de pasar tiempo juntos, sea con parientes o con amigos, de mirarse a los ojos para escuchar y ser escuchados, para hablar sin gritos, para decirse aquello que es importante, para jugar, para dejar a un lado resentimientos, vanidades, celos, envidias, amor propio, egos, accesos de narcisismo. Esta sería una forma de romper la monotonía del carrusel.

Reconozco que lo anterior parece una ingenua perorata inflada de recomendaciones de buena voluntad. Pero no encuentro manera decirlo sin caer en metáforas tan oscuras o tan espirituales y volátiles, que se volverían incomprensibles. Que cada uno y cada una, en los momentos de recogimiento, se ponga la mano en el corazón y piense en los seres que ama, en las personas que podría o desearía amar, y que se acuerde de los seres del mundo que tienen bastante menos que uno, pero que forman parte igualmente de esta inmensa esfera que da vueltas. Aunque nos cueste, recordemos que si no se salva el prójimo, en última instancia no me salvo yo ni se salva usted, así de simple y de brutal. Felices fiestas de Año Nuevo, y un abrazo. Seguiremos en sintonía el próximo año.

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