Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
La Columna

La sorpresa (3)

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
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El tercero y último telegrama llegó justo el 22 de diciembre, dos días antes de la Navidad.

Esta vez, se lo entregaron a Elena, la cocinera de la tía Elisa, quien esperaba pacientemente sentadita en la silla veneciana junto al paragüero, a que Dámaso apareciera por el corredor. “Dice la señora que le manda este regalito de Navidad para alegrarle el alma; que lo cuide con esmero y no le grite cerca porque la pobrecita se espanta”, dijo Elena de pie, dejando relucir debajo de la falda jaspeada un par de pies descalzos y curtidos, con dedos cabezones como palos de marimba.

Dámaso tomó la caja gigante de tejido de palma amarilla que cargaba Elena con todo el cuidado del mundo, y antes de abrirla, la movió con fuerza como si fuera un chinchín para averiguar de qué se trataba provocando que Elena se pusiera pálida del susto y gritara un “ay Dios mío, lo va a dejar sin cabeza”.

Dámaso abrió la caja y la cerró en un santiamén, y más enojado que agradecido con su hermana por el regalo, por el detalle que deseaba halagarlo, entregó de vuelta la caja a Elena como si le quemaran las manos, a la vez que profería improperios, los que se tragó de un solo y por educación por la garganta como si se tratara de un purgante. “Dígale a mi hermana que muchas gracias por el regalito, que se lo agradezco mucho, pero recuérdele, por favor, que en esta casa estamos de luto y está terminantemente prohibido todo tipo de música. “Y hágame el favor, llévese a cantar ese canario blanco a otro lado”.

Elena agachó la cabeza sintiendo que el mundo se le venía encima porque había cometido una falta terrible, y, sin decir palabra, dejó el telegrama sobre la pequeña repisita del paragüero de la entrada, y salió en silencio de la casa, cargando la caja de palma, como perro con la cola entre la piernas.

“Solo eso me faltaba, un canario”, murmuró Dámaso en voz alta, hablando como si alguien lo escuchara, y volteando la cabeza miró el telegrama con el sello de tinta morada estampado con las palabras de súper urgente.

Haciendo de tripas corazón, Dámaso se armó de coraje para abrir el telegrama, y mientras sus dedos rasgaban el pedacito de papel café que cerraba la nota, se le escapó un suspiro largo y profundo. El abuelo desplegó la hoja de papel periódico de la Dirección General de Correos con escudo patrio y la palabra Guatemala en el membrete y leyó de reojo el brevísimo texto escrito en letra cursiva de caligrafía perfecta. Los telegramas le provocaban siempre un vacío en la boca del estómago desde cuando recibió el que anunciaba que Salvador regresaba de Alemania, desahuciado, a morir a Guatemala.

Sentado en la silla giratoria de su escritorio, Dámaso se colocó las gafas con lentes de vidrio grueso de culo de botella y con nerviosismo leyó y releyó las diez palabras: “Presentarse inmediatamente Aduana Central ventanilla 2 recoger paquete último aviso”.

Eran las diez y treinta de la mañana cuando Dámaso tomó de la paragüera su sombrero y un bastón con cacha de bronce que utilizaba para no caerse en las calles destartaladas y agujereadas de la ciudad. “Ya vuelvo”, gritó desde la entrada de la casa para que escuchara la abuela, y ajustándose el corbatón negro en el cuello de la camisa, se encaminó a la Aduana Central. Era viernes 22 de diciembre de 1923, dos días antes de la primera Navidad sin Salvador.  (Continuará)

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