Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Talento alcohólico nacional o pensando en la Guadalupe-Reyes

lucha libre

— Lucía Escobar
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Diciembre es el mes alcohólico por excelencia. Con la excusa del friíto y de entrar en calor, las ventas de licores se disparan. El hígado trabaja jornada doble. No hay datos sobre cuánto del aguinaldo (de los que aún tienen la suerte de recibirlo) se gasta cada guatemalteco en bebidas espirituosas.

Canastas con licores finos para empresarios, guacales con ponche barato para obreros. Bonos navideños que se diluyen en guaro. Tarjetas de crédito topadas con el consumo del líquido vital de los guatemaltecos; el aguardiente, ron, cerveza, cusha, rompopo, caldo de frutas, cualquier cosa que idiotice. ¡Vino para el convivio!

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, OMS, Guatemala tiene uno de los mayores índices de mortalidad provocados por el consumo de licor. Tampoco es que necesitemos de estos datos para darnos cuenta. Todo guatemalteco tiene en su historia familiar el caso de alguien en el rubro de alcohólico, a veces social, a veces intenso, a veces crónico. En el mejor de los casos anónimo, en lento proceso de recuperación. Es probable que en cada familia guatemalteca exista por lo menos un antepasado o familiar cercano que murió por enfermedades relacionadas con el alcoholismo.

Recibimos invitaciones a probar ron o cerveza desde los diez o 12 años. Una gran mayoría probó ya algún tipo de bebida alcohólica, antes de los 16 años. Otros, a esa edad ya son alcohólicos o tienen problemas de abuso de drogas. El alcoholismo es una enfermedad que no distingue género, situación económica ni religión y que avanza rápidamente hasta destruirlo todo. 

He visto abuelitas empinar el codo con tremenda autoridad, a jovencitas perder el glamour después de tres margaritas, a pueblos enteros perder la conciencia en el día de la feria. ¿Quién no ha visto ese exceso alguna Semana Santa en Panajachel o en el puerto, un Día de los Muertos en Todos Santos o el 15 de septiembre en Quetzaltenango? Cualquiera es una buena excusa para juntarse a tomar. Desde el empresario que con su whisky cierra negocios hasta el albañil de Boca del Monte o la vendedora de típicos de Salcajá que pasa por la tienda por su octavo en cuquito. 

Con solo un par de onzas de ron, el príncipe se convierte en sapo. Tanto guapo que he visto transformarse en el transcurso de la noche, de interesante y agradable a patán hiposo, necio, prepotente, abusivo y apestoso. 

Esta es una enfermedad que desintegra familias, arruina carreras, provoca accidentes con consecuencias para toda la vida y es capaz de sacar el lado feo de la gente. No exagero. Un alcohólico puede pasar del amor al odio, de la tranquilidad a la violencia, del relax al delirium tremens. Es capaz de no reconocer a la gente que ama, no parece quererse a sí mismo, no se cuida y pone en riesgo a la gente a su alrededor.

La línea entre el consumo moderado y el exceso es algo muy personal. Cada quién tiene un límite diferente. Hay personas que no pueden parar y que desde que se toman el primer trago se están condenando al desastre y al caos. Otros son capaces de tomarse un vino diario, una cervecita con cada cada comida, durante toda su vida adulta y eso no es un problema para su salud. Por eso las prohibiciones, leyes secas y censuras no funcionan. 

La represión no es la solución. Creo en la prevención, en hablar y en platicar de los riesgos que implica el consumo inmoderado. Hay que aprender a autocontrolarse y nunca presionar a los demás para que beban. ¡Aguas con la Guadalupe Reyes!

@liberalucha

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