Sábado 20 DE Julio DE 2019
La Columna

El Día del Comunicador Social

Lado b

Fecha de publicación: 28-11-17
Por: Luis Aceituno

El domingo pasado se celebró en Guatemala el Día del Comunicador Social. Me enteré porque algunos colegas lo postearon en sus muros de Facebook. Yo la verdad no tenía ni idea. Por lo mismo, me puse a googlear sobre el asunto y supe que la fecha se relaciona con la fundación de la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Usac, el 26 de noviembre de 1975, en la que yo me inscribí dos años después. Mucha tinta ha corrido desde entonces y debo de reconocer que hasta el momento no tengo muy claro qué fue lo que realmente me puse a estudiar en aquellos días. Tenía que ver, supongo, con lo bien que la habíamos pasado con mis amigos editando una revistita estudiantil y medio roquera llamada La Moxca; con los grupos de teatro que habíamos formado luego del terremoto del 76; con la fascinación que me despertaba aún la radio y con mi introducción en las nuevas pedagogías como estudiante de Magisterio. Sobre todo, con un libro que me prestó mi mentor en la época, el hermano lasallista Carlos Laínez, y que yo traté de entender a fondo: Educación como praxis política de Francisco Gutiérrez, un legendario pedagogo, fundamental en mis años de aprendizaje, el creador del Lenguaje Total, un método que me acercó por primera vez al análisis de los massmedia. Además, en el fondo estaba la pereza de ponerme a estudiar una carrera de las que consideraba convencionales: Medicina, Derecho, Ingeniería…

Mi paso por la ECC fue accidentado, casi efímero, pero intenso y definitivo (fue hasta muchos años después que saldé mis cuentas académicas, aunque en realidad me gradué de Licenciado en Periodismo). Estuve ahí del 78 al 80, hasta la diáspora provocada por la represión y la violencia política contra la Usac. Viendo hacia atrás, fue un verdadero privilegio para mi formación. Mario René Chávez, un antigüeño notable al que llegué a respetar mucho, era el director. Y la mayoría de profesores que me tocaron en suerte eran académicos en verdad brillantes. Me enseñaron bastante de lo que sé, es decir, mucho de lo que me ha permitido ganarme la vida en adelante. Filosofía con Elizabeth Álvarez; Semiología con Guillermo Toralla; Lingüística con Martita Sánchez; Literatura con Helen Umaña; Fotografía con Mauro Calanchina; Redacción con Gonzalo Mejía… La verdad, un lujo. Toda la vida les he agradecido las lecturas, los caminos que me abrieron, las discusiones. Para un ishto de 19 años leer a Barthes, a Kristeva, a McLuhan, a Derrida, a Marcuse era toda una revelación. Además, el pay de queso de la cafetería es uno de los mejores que he probado en mi vida. Eso sin hablar de las tostadas con salsa… No sé, talvez el hambre con el que llegaba desde La Antigua todos los días.

Fue un momento excepcional en la Escuela que se fue a pique con la guerra. Algunos de mis catedráticos salieron al exilio, otros como Toralla y Gonzalo desaparecieron en esa larga noche del terror. Ambos intelectuales de primera, gente muy valiosa, una pérdida que a mí me tocó mucho. Del primero guardo celosamente entre mis libros su estudio sobre los murales de la Plaza Rogelia Cruz; del segundo, un excelente estudio sobre la poesía popular en Guatemala publicado por el Centro de Estudios Folklóricos. De esos libros que como las Magníficas te van acompañando y protegiendo en el camino.