Miércoles 24 DE Abril DE 2019
La Columna

Batallas por la autenticidad

follarismos

— Raúl de la Horra

En un país sin identidad, con gente que no sabe exactamente quién es y cuyo único objeto de identificación colectiva o tótem simbólico –por no decir, padre putativo– es el guaro, resulta frecuente que cada capilla, cada tribu, cada secta ideológica, cada grupúsculo político, así como cada predicador o predicadora, cada comisario o comisaria, cada sacerdote o sacerdotisa, cada talibán o talibana, cada inquisidor o inquisidora (para utilizar un lenguaje inclusivo) de este conglomerado caótico denominado Guatemala, se constituya o erija en gendarme individual y colectivo de algún tipo de corrección, ya sea política, ideológica, moral, económica, psicológica, estética o religiosa, para denunciar –entre otras–  la llamada “alienación” o pérdida de la “mismidad”, así como para reivindicar la “autenticidad” o “pureza” de los valores, creencias, prácticas, costumbres y tradiciones que deben regir, según nuestros orígenes etnológicos y culturales, el “buen” pensar y el “buen” actuar.

Lo cierto es que hay muchas batallas por la “autenticidad”, sin que nadie sepa exactamente qué quiere decir ese término. Antes de ayer mismo, en las redes, hubo álgidas escaramuzas contra el conocido “Thanks Giving” norteamericano, cada vez más popular entre las clases medias chapinas. Como cayó en día jueves, algunos, con humor, reclamaban que lo auténtico habría sido celebrar el “día del pache” (para los que no saben qué son los paches, diré que son una especie de tamal hecho a base de papa) en lugar de una fiesta foránea que no tiene que ver con nuestros orígenes o nuestra historia. Pero si vamos a eso, hay tantas cosas que no tienen que ver con nosotros ni con lo que recordamos o sabemos de nuestra historia (que es bastarda, como toda historia), tales la Navidad, el día de Reyes, la Semana Santa (que son celebraciones cristianas, y nosotros no éramos cristianos antes de la llegada de los conquistadores), que si vamos a las tradiciones profundas, ni siquiera el idioma es originalmente nuestro, ni la ropa que portamos, ni el uso de iphones, etcétera.

A propósito del uso de ropa. Hay ahora en las redes una discusión que tiene que ver con esto de las batallas por la “autenticidad”. Los ladinos o “blancos” –como se denomina a los “no-indígenas”–, ¿no pueden o no deben, bajo ninguna circunstancia –so pena de ser linchados o vapuleados con epítetos y adjetivos matadores que emanan curiosamente de ladinos auto-erigidos en tanques del “pensamiento maya”–, ponerse ningún tipo de ropa indígena?  Siguiendo este razonamiento a favor de la “autenticidad”, ¿tampoco deberían entonces las muy diversas poblaciones indígenas utilizar en ningún caso trajes “ladinos” u “occidentales”, porque estarían renunciando a la “pureza” de sus orígenes, fomentando una especie de “entrega” a la cultura “enemiga”? ¿Hasta dónde debe ir la “pureza” de nuestros comportamientos para no “usurpar” o “insultar” la identidad del “otro”? ¿Debería ser creada una “sana” división entre los usuarios de trajes indígenas y no-indígenas, entre los que comen tortillas por “legitimidad” antropológica y los que comen pan, los que hablan lenguas indígenas y los que hablan castellano? Personalmente, no tengo respuestas claras al respecto, pero estas batallas, que a veces parecen fundadas o lógicas, se convierten en tópicos bastante absurdos, pues desconocen la complejidad y el maravilloso mestizaje chirmológico de la realidad.

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