Martes 19 DE Febrero DE 2019
La Columna

Sergio Ramírez, Premio Cervantes

Lado b

— Luis Aceituno
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Lo primero que hice luego de enterarme de la concesión del Premio Cervantes a Sergio Ramírez, fue buscar mi ejemplar de Charles Atlas también muere en aquella vieja edición de 1976 de la editorial Joaquín Mortiz en su mítica Serie del volador. Un librito de cuentos de apenas 120 páginas, fundamental para mí en mi iniciación como escritor. Un volumen perfecto, sin una palabra de más ni una de menos, que durante 40 años ha sobrevivido a todo tipo de catástrofes y batallas, las de su autor, las de la Historia, las mías propias. La primera vez que lo leí, yo tenía 18 años, ahora 59, pero la fascinación sigue intacta. Lo único que sabía de Sergio en aquel momento es que era un tipo que escribía historias que a mí me habría gustado escribir. Historias del subdesarrollo, que se respiraba igual en Nicaragua, en Guatemala o en cualquier otro país de la región. Todas provistas de una deliciosa ironía, a ratos implacable contra las clases poderosas que sostienen las dictaduras. Una lectura que me regaló imágenes que aún sobreviven en mi memoria. La de la burguesía nica, durante las navidades, vestida con pintorescas ropas de invierno, en medio de un calor abrasador, esperando a que caiga la nieve sobre la ciudad, es insuperable. Como es insuperable la perfección de El Centerfielder, uno de los mejores cuentos en lengua española escritos en el siglo XX.

Ver a Sergio Ramírez, dos o tres años después, en la primera fotografía de la Junta de Gobierno Sandinista, luego de la revolución nicaragüense, me hizo confiar en que la imaginación estaba llegando al poder (no llegó, es verdad, pero eso el mismo Sergio se encarga de contárnoslo en magníficos libros como Adiós muchachos). Por un lado, la algarabía, por el otro la sensación un tanto amarga de que la acción política nos estaba robando a uno de los mejores escritores centroamericanos de entonces. Me consolé con la lectura de ¿Te dio miedo la sangre?, cuyo título tomado de un antiguo juego infantil (“¿Mató coche tu tata? ¿Te dio miedo la sangre?”) me rondó por mucho tiempo en la cabeza. Me remitía a esa especie de zozobra que me perseguía desde niño. Las primeras páginas de la novela, por otra parte, ocurren en el bar El Portalito, en la zona central de la Ciudad de Guatemala, y de eso hablamos en la primera entrevista que le realicé, allá por principios de los años noventa, creo que a propósito de Castigo Divino. Toda la charla se nos fue en hacer un recorrido hablado por el centro de esta ciudad, a donde Sergio había llegado en los primeros años sesenta por algún encargo universitario. Lo que más recordaba era la sensación en la piel que le producían los ponchos momostecos de las camas del hotel Pan American.

En los últimos 30 años, Sergio ha tomado distancia de la política y se ha convertido en el gran escritor que es, en el Premio Cervantes. Nos hemos encontrado muchas veces en Guatemala, en Nicaragua y en otros lugares y siempre ha sido un verdadero placer. Para elPeriódico y para el suplemento elAcordeón, su generosidad no ha tenido límites. Nos ha concedido excelentes entrevistas y nos ha regalado su columna desde el inicio mismo de este medio. Gracias por todo, Sergio, por Charles Atlas y por todas esas historias maravillosas que nos has contado desde entonces, y un gran abrazo, don Miguel mediante.

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