Domingo 9 DE Diciembre DE 2018
La Columna

Temblores

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
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Los movimientos de tierra continuaron todo el mes de noviembre. Mañana, tarde y noche se sentían temblorcitos que hicieron que la población entera se mantuviera persignando a cada rato, y cuando el hamaqueo era más fuerte, se escuchaba las carreritas al comedor o al dormitorio, para detener la caída del jarrón transparente de china de leche al borde de la repisa, o la olla frijolera que reposaba en el filo del lavadero de la pila.

El abuelo Dámaso dio por cumplida su tarea de amarrar armarios y alacenas para evitar que con la tembladera se vinieran al suelo y, a la hora de la cena, mientras saboreaba una cucharada de jalea de guayaba litigua y muy dulce dijo al pleno de la mesa que a él los temblores lo tenían sin cuidado porque él ya había hecho lo más importante, amarrar bien los muebles a las paredes: “Porque no tenía lógica morir aplastado como rata bajo la madera y vidrios de la alacena”, señalando un mueble gigante de madera color caramelo oscuro con vidrios biselados grafilados con fruteros con naranjas, manzanas y uvas.

Sin embargo, mi abuela María sí le tenía respeto a los temblores y con cuatro pequeños niños a su cargo, Lucita aún de brazos, hizo caso omiso de las necedades del abuelo e inició la tarea de hormiga de arreglarlo todo, “por si la cosa se empeora” decía, “porque esto de los temblores se está poniendo color de hormiga”.

De la noche a la mañana, el zaguán de la casa se convirtió en bodega. Primero llegaron los baúles de madera que mandó a comprar a una tienda de por el Guarda Viejo para empacar la ropa de los niños y la media docena de ponchos de Momostenango que el abuelo había comprado en la Feria de Agosto.  Colocó en dos canastos los quinqués de gas y la estufita de kerosene que había comprado en la tienda de los chinos, junto con un termo de lata rosado con tapón de corcho para el agua caliente y una bacinica de peltre amarillo por si debían salir corriendo.

Cerca de una columna de piedra colocaron las redes de carbón y la caja con las candelas de cebo y los fósforos y la abuela se aperó con varios costalitos de frijol de Parramos mezclado con chile para que no se picara, así como de azúcar y arroz.

Pensando que aquello podría convertirse en una mudanza a algún llano cercano o potrero, compró cuatro sillas de Totonicapán, dos cajas de lata con galletas María y otra con cajitas de maicena para atolar el chocolate.

En aquellos días de temblores, Dámaso le decía a María que estaba chiflada, que sólo a ella se le ocurría llenar de víveres la entrada de la casa. Que ya sólo le faltaba llevar una vaca a pastar en el primer patio de la casa, para que se comiera los geranios y los retoños del naranjalito.

A la abuela no le importó sus comentarios, y se preparó para la tragedia, la que presintió como si fuera adivina. Para estar alentada y tranquila, se tomaba cada tarde dos cucharadas de elíxir de Valeriana para mitigar el nerviosismo,  aguantar las tembladeras de la tierra, pero, sobre todo,  al abuelo.

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