Viernes 22 DE Marzo DE 2019
La Columna

Los viejos

follarismos

— Raúl de la Horra
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¿Qué hacemos con eso que hoy en día llamamos “los viejos”, es decir, las personas que han alcanzado cierta edad (más de setenta años, digamos), que ya no están en capacidad de insertarse en el mundo laboral, que tienen una salud precaria y no pueden desenvolverse solos y que, por lo tanto, lo único que les queda es esperar el advenimiento de la muerte? Las personas de edad avanzada son una población que aumenta vertiginosamente en el primer mundo, pero también en el nuestro, y su presencia suele ser –como tantas otras realidades incómodas- invisibilizada por completo.

¿Qué es lo que la sociedad ha pensado y hecho para beneficio de los ancianos? En las sociedades que han conocido la modernidad porque hay un Estado relativamente fuerte y los ciudadanos pagan altos impuestos (como en la mayoría de los países europeos), se combinan por lo general dos posibilidades, no excluyentes entre sí: que el Estado asuma la principal parte de los gastos de cuidado y de gestión de las necesidades de los ancianos, tanto en temas de vivienda como en temas de salud y de entretenimiento, y que las familias también asuman la parte de responsabilidad que les corresponde. Sin embargo, en las sociedades de modelo feudal como la nuestra, donde la modernidad no existe ni parece que va a existir jamás, la tarea de cuidar a los viejos es una tarea privada y exclusiva de las familias, lo que quiere decir que si no tienes familia o tu familia no puede ayudarte porque no tiene recursos, cuando llegues a viejo sobrevivirás –como lo hace ya la gran mayoría- en la soledad, la miseria y el desamparo.

A mí me hacen gracia los comentarios de las personas que suelen criticar la “deshumanización” de las sociedades europeas en lo que respecta a las relaciones interpersonales, calificándolas de “frías”, comparadas con las relaciones “cálidas” y “respetuosas” que se dan en nuestras sociedades latinoamericanas. Sin embargo, las cosas son más bien al revés: es aquí donde los ancianos están cada vez más librados a su suerte y donde su función parece ser la de servir de carga en las casas donde lentamente se van consumiendo en dignidad y en vida. ¿Dónde están los parques a los que pueden ir para ver jugar a los niños, o los paseos para sacar al perro?, ¿dónde están las bancas en las aceras para que puedan sentarse a ver pasar la vida? ¿Qué actividades de entretenimiento se organizan para ellos? ¿De qué prerrogativas sociales gozan todas esas personas que se han rajado el espinazo para que hoy muchos de nosotros vivamos en condiciones mejores que las de nuestros padres?

Mi tía Luisa, en Francia, cuando por fin decidió abandonar a su marido a los sesenta y pico de años (porque este era un imbécil integral y ella no quiso seguir haciendo de sirvienta en su propia casa), empezó de pronto a viajar por el mundo a precios ridículamente baratos gracias al club de ancianos de su barrio. Fue entonces cuando gozó de la vida.  Lo mismo que el entrañable amigo y pintor guatemalteco, Jacobo Rodríguez, fallecido en París hace poco, quien vivió su vejez gracias a la asistencia del Estado y de la Municipalidad de París, lo que le permitió obtener un apartamento en el centro de la ciudad y gozar de diferentes ayudas sin que él tuviera que desembolsar un centavo. Por mi parte, al paso que van las cosas, creo que terminaré retornando a Europa para disfrutar de los atardeceres haciéndole trucos de cartas a los viejos en los bulliciosos puertos y bares de San Sebastián, Marsella o Hamburgo. La verdad, no me parece mala idea.

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