Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Mala noticia

buscando a syd

— Maurice Echeverría
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Un hombre solo.– Un hombre solo, inquilino de un lugar en donde nadie vive, cansado ya de decir buenos días a personas que no conoce, fatigado ya de tantos inviernos, de arar y de toser, de acumular migajas, ha tomado una decisión viril que ya no podrá lamentar. Este hombre es como un minotauro; su nota de suicidio es su laberinto.

Les mostraré.– Desde esta esplendente terraza deseo compartir algo especial con ustedes, mis bellos amigos: puedo volar, el abajo no existe. La gravedad, lo veo con total claridad, es una superstición, que hemos peinado neciamente durante innumerables siglos. Lo cierto es que la conciencia no puede ser tocada por las cárceles de la materia. No, amigos, esto no tiene que ver con las catorce unidades de ácido que compré anteayer en esa fiesta. Puedo ver que no me creen: les mostraré.

Mala noticia.– No es la noticia que esperabas, ¿verdad? Abriste la almeja y había ahí una navaja. Esperabas miel, viejo, y te dieron un virus: rocío, cuando de súbito fuiste atropellado, a la salida del cine, por unos feroces corceles. ¿En qué momento aconteció todo esto? Si estabas tan bien, en el jardín abierto, bajo los árboles de frutos pronosticados. Si tenías puesto el guante lento de la calma. Y de golpe los negreros viéndote los dientes. El médico pronunciando las palabras temidas. Estoy embarazada, dijo ella, con su carita asustada.

La espera ha terminado.– Vístete: algo especial está pasando. Los carros se han llenado de heces. Los dientes se pusieron negrísimos. Y las encintas amanecieron cosidas. ¿No son esos los signos del Amo?

Seguirás perdiendo.– Es la verdad: no sabes soltar. Tú mismo retienes las jaurías que te están persiguiendo. ¿Cuándo entenderás, invidente, que esta preciosa fábula tuya es la membrana malva de tu cárcel? Hasta que aprendas a perder, seguirás perdiendo.

Los grandes.– Hay cabrones así: eximidos, fluidos, diurnos, vastos, completos. Al lado de ellos, los demás parecemos infrahumanos, subgentes. ¿Qué somos, en comparación? Entes de cartón, o algo parecido. Cuando nosotros cerramos los ojos, queda el terror de estar vivos. Cuando ellos cierran los ojos, reciben emanaciones de gracia pura. Nunca son tocados por la greda y la neurosis, pues son de relámpago, de alarido y de asombro, y sus pechos son como paraísos portátiles. Las bahías, las copas, los espejos, los cielos y murciélagos lo saben. Toda la existencia condicionada le rinde homenaje a estos grandes. Los demás, humildes, los miramos; y los detestamos, en silencio.

Entre las hojas hay vacíos. –Algo me dice que no siga ese camino; pero algo me dice que siga adelante. El fondo son los árboles del domingo; el sonido, en coro, de los pájaros. Todo parece tan campestre y tan diurno. Salvo que no lo es. Entre las hojas hay vacíos; y entre la luz hay varias sombras. Avanzo por el sendero, vencido por una curiosidad ciega, por una sed, que es otro lamento. Por fin llego a la cabaña; ahí estoy yo, esperándome, con un revólver en la sien. Y la niebla lo repite todo.

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