Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Temblores en noviembre

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
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El sábado 17 de noviembre de 1917 tembló fuertísimo en la ciudad de Guatemala y en los alrededores del lago de Amatitlán, Morán, Villanueva y en La Antigua Guatemala.

Pasada la medianoche, cuando los pobladores dormían arrullados por los vientos de noviembre, la tierra comenzó a sacudirse violentamente.

En aquella madrugada, en plenos movimientos telúricos en el patio de su casa del Callejón Normal, el abuelo Dámaso, vestido con camisón de dormir de franela, decidió que, al día siguiente, sin falta, llamaría a Justo el carpintero, para que le colocara alcayatas alemanas en las paredes para amarrar con mecates los armarios de la casa. “Con estos temblores”, dijo, “mejor será prepararse para no morir aplastados como ratas debajo de algún armario o alacena”, y pasado el susto del primer temblorón Dámaso volvió a su habitación, vociferando que ni un terremoto lo volvería a sacar de su cama.

Un nuevo sismo sacudió la tierra esa madrugada, pero mi abuelo ya no salió de su cuarto a refugiarse en el primer patio, el patio del naranjal. De las vecindades se oyeron gritos y rezos, y muchas personas salieron a la calle emponchados a esperar las luces del día, alumbrándose con linternas y candelas, y rogando por el amparo del gran poder de Dios.

Muchas personas asustadas se refugiaron en la Plazuela de San Sebastián, en las faldas despobladas del Cerrito del Carmen y en los campitos verdes de la finca El Sauce. Otros pasaron la noche en sus carruajes o carretelas, sintiendo cómo la tierra se agitaba en brinquitos con cada jalón. En aquella noche fría y despejada se contaron cuatro fuertísimos sismos.

El día siguiente cayó domingo, y mucha gente asustada comentó a la salida de misa la magnitud de los temblores. Las primeras grietas y rajaduras marcaron las paredes y muros, dejando a la vista las hileras de adobe de lodo molido con paja, piedra y ladrillos.

El Diario de Centro América dio a conocer el lunes los daños ocasionados por los sismos del sábado. Un pequeño recuento señaló el desplome de muchas cornisas, repellos quebrados y grandes rajaduras en las viviendas y templos, principalmente en las más pobres de la ciudad. Las casas más afectadas fueron las de la Villa de Guadalupe y algunos caserones del viejo barrio de San José.

El presidente de la República, don Manuel Estrada Cabrera, citó al comité de festejos que organizaba la celebración de su cumpleaños y les comunicó que por causa de los temblores cancelaba las manifestaciones públicas en su honor. Además, quedaron canceladas las Minervalias dedicadas a los jóvenes estudiosos del país, en el Hipódromo del Norte, así como los bailes, carreras y ferias organizadas en la llamada Ciudad Estrada Cabrera, hoy Guarda Viejo zona 8.

En la ciudad de Guatemala, la gente estaba muy asustada y afligida, y en voz baja y a escondidas comenzó a hablar de castigos y pecados; de malos augurios, días grises y de pájaros enormes y negros revoloteando por la ciudad. Y, no solo por los temblores sino porque don Manuel había ordenado unos meses atrás derribar el Portal del ayuntamiento, conocido como El portal del Señor, en tiempos en que corría la leyenda que una gran tragedia llegaría a Guatemala y lo destruiría todo; “porque está escrito”, decían, “cuando tiren el Portal del ayuntamiento y no quede de él piedra sobre piedra, la ciudad será devastada y quedará en ruinas”.

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