Jueves 20 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Machismos al revés

follarismos

— Raúl de la Horra
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Hay un fenómeno del cual se habla poco o nada, porque constituye un tabú enterrado en las conversaciones públicas: se trata de las actitudes (que no sé todavía cómo calificarlas, si de “hembristas”, de “misandróginas” o de “machistas”) de ciertas mujeres que se autodefinen como “feministas”, pero que en aspectos esenciales como por ejemplo, el galanteo sexual, reproducen las mismas actitudes idiotas y sexistas que practican los hombres hacia (o contra) ellas y que son, por supuesto, objeto justificado de la crítica oficial feminista, sin reconocer y sin reflexionar que en su propio campo tales prácticas suelen ser moneda corriente.

Una de esas prácticas de misandria o de desprecio hacia los hombres consiste en la actitud de posicionarse como propiciadoras y coleccionadoras de coitos efectuados con hombres cuyos defectos y cualidades, así como sus identidades, refulgen luego como trofeos de caza en las conversaciones marcadas por la complicidad y las risas, pero también por el desprecio que suelen manifestar buen número de estas mujeres –tanto casadas como no casadas– contra el gremio masculino cuando se reúnen, por motivos diversos y en privado, y que surge el tema de las relaciones amorosas y sexuales. Son conversaciones en las que no suelen participar miembros del sexo masculino, pero sí lesbianas y homosexuales.

Nos topamos entonces con la misma actitud y el mismo tipo de parloteo que suele darse entre aquellos ombrecitos (describámoslos así, sin “ache”) que, una vez reunidos alrededor de algunos tragos, alardean de sus conquistas y hacen comentarios picantes y también despectivos acerca de las mujeres con las que han estado o han seducido. En este contexto, la mujer adquiere un valor únicamente de “desaguadero” o de recipiente para permitirles afirmar una “virilidad” que necesita, de inmediato y con urgencia, pavonearse frente a los amigos, porque de lo contrario uno puede perder el estatuto de “hombre” para convertirse en la comidilla y maledicencias de aquellos –y aquellas– que nos calificarán de “maricas” o de “huecos”.

Conozco directa e indirectamente a varias feministas (cuyos exmaridos o novios, así como amigos gays, han sido alguna vez pacientes míos), que están obsesionadas no solo por encontrar a como dé lugar a un compañero sentimental que las escuche y sostenga, porque en un mundo tan difícil ellas le tienen un horror patológico a la soledad y no saben cómo bregar con su propia vida, sino que están obsesionadas por experimentar algún tipo de “performance” sexual bajo el dudoso criterio de que quieren así “ejercer la libertad de hacer con su cuerpo lo que les dé la gana”, frase que si fuera dicha por un hombre que quisiera comunicarle al mundo su deseo inmarcesible de relaciones sexuales con alguna hembrita sabrosa y tonta, eso sería objeto de escándalo y condena de parte de las combatientes de la desigualdad de género y defensoras de la corrección política.

¿A qué quiero llegar? A que sería bueno tomar conciencia de que todos los movimientos sociales están atravesados por contradicciones de arriba a abajo y de izquierda a derecha, y que la adhesión a sus valores y objetivos es un proceso lento de aprendizajes que requiere humildad y aceptación de las propias contradicciones, para evitar convertirnos en ridículos impostores o impostoras, y en ayatolas de nuestra propia destrucción.

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