Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Un universo caótico y disparatado

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
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Ciertos detalles no dejan de sorprenderme en este remoto país africano donde vivo. Salir a la calle, por ejemplo, y aventurarse por las venas y arterias de la ciudad es como atravesar un umbral que te inserta en una realidad paralela donde las pautas de relacionamiento, de urbanidad, de derecho de vía son como de otro planeta.

No tengo permiso de conducir. El trámite es tan engorroso que he preferido transportarme mejor en bicicleta, como es mi costumbre desde que vivía en Guatemala, o a pata si las distancias son cortas. ¿Taxi? Jamás. Cobran una barbaridad. ¿En carro, sin licencia? Lo hago de vez en cuando, sobre todo si llueve o es de noche, arriesgándome a una multa fuerte.

Trajimos, con mi esposa, la RAV4 que ella había comprado de segunda mano cuatro años antes de venirnos para acá. El traslado (primero en furgón a Santo Tomás de Castilla, luego en barco hacia Amberes, después en otro navío rumbo a Yibuti, en la puerta de entrada al Mar Rojo; y por último en tren, 800 kilómetros tierra adentro) salió más barato que obtener aquí algo similar, con varios años de uso.

Eso se explica porque el Estado, todopoderoso, dispone a voluntad el monto de entrada de los automotores. ¿Me creerían si les digo que el valor de ingreso de nuestro carricoche, modelo 2007, resultó mayor que el de la factura original de compra? Y eso no es nada: de ahí se calculan todavía los gravámenes de importación, fijados en un 280 por ciento, tras lo cual la nave acabó cotizada en el equivalente a 700 mil quetzales. Absurdo.

Del seguro contra accidentes y daños a terceros no quiero ni hablar. Lo cierto es que las distorsiones fiscales, sumadas a la pobreza estructural, hacen que en esta maltrecha nación circule apenas un automóvil por cada doscientos habitantes; no obstante lo cual, como mencionaba al principio, adentrarse por las avenidas es ingresar a un universo caótico y disparatado.

Accidentes ocurren por montones. El descuido, y sobre todo la improvisación, son la norma. Por fortuna, la gente no es agresiva: no hay riñas por la menor tontería, no hay balazos, no hay accesos de testosterona en competencia por ver quién va más deprisa o quién llega primero o a quién le corresponde el derecho de paso.

Por el contrario, en general los pilotos van despacio, sacados de la pena, inmersos en su burbuja, enajenados de lo que los rodea, desplazándose oscilantes, como borrachos, serpenteando de un lado a otro. Es como si no tuvieran conciencia de ir adentro de un armatoste pesado y voluminoso.

¿Los espejos retrovisores? Lo usual es no saber para qué sirven. Y eso también tiene su explicación: los cursos para aprender a manejar se centran en la mecánica automotriz, no en las normativas de tránsito, que ni siquiera existen formalmente. Todo se vale.

He visto ruleteros con cortinas en los vidrios de los lados: “Es que mucho molesta el reflejo del sol”, arguyen. Tres vehículos bastan para provocar una atorazón. Si hay un espacio libre, por estrecho que sea, el impulso es ocuparlo a tontas y a locas, aunque sólo complique más el nudo.

¿Una llamada entrante? Detienen la marcha a media calle, responden el teléfono y se ponen a hablar ahí mismo, como si nada. ¿Tenían que cruzar, pero siguen de largo? Ningún problema: en pleno bulevar ponen reversa y retroceden treinta, cuarenta metros, que viva la flor.

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