Martes 16 DE Julio DE 2019
La Columna

Viaje a La Antigua

SOBREMESA

Fecha de publicación: 23-10-17
Por: María Elena Schlesinger

Cuando mis padres anunciaban que iríamos a pasear a La Antigua, nos poníamos contentos, pues significaba ir de aventuras a esa ciudad extraña, de calles empedradas y pequeños jardines sembrados de cucuyuses anaranjados y rosales escuálidos, cuya gracia principal era que adentro había una iglesia en ruinas.

Siempre sentí fascinación por la ciudad en ruinas. Quizá porque mis padres se sentían felices al entrar a La Antigua, como transportados a otra galaxia, y nosotros lo sabíamos porque se agarraban de la mano, o por ese afán que tuvo siempre mi padre de educarnos, sin importar edad, hora o día, porque siempre quedaba un espacio para la cátedra de historia del arte a la pléyade de mocosos desesperados y hambrientos sentados como monos en la parte trasera del carro: “Fíjense bien niños, aquí, en donde ponemos el ojo encontramos siempre algo bello”, comenzaba siempre el discurso, y, nosotros, que entonces no entendíamos qué significaba aquello de poner el ojo, solo pensábamos en la Grapette bien fría que vendían en una tienda de esquina cerca de unas pilas.

El paseo por La Antigua era siempre el mismo, como los pasos del viacrucis que rezábamos el Jueves Santo. Llegábamos al mediodía, acalorados y mareados porque habíamos salido tarde, ya que mi mamá no terminaba nunca de llenar el canasto con el bastimento para el almuerzo, que hubiera podido alimentar a todo un regimiento: termos con café y limonada, bien azucarados; pirujos con frijoles volteados rociados de queso duro; muchos panes franceses con huevo revuelto y salsa kétchup, y los preferidos de todos, los de pan sándwich, que era la especialidad de la casa, untados con suficiente mantequilla y queso Kraft, y mis predilectos, con jamón del diablo.

Ya en la ciudad colonial, podíamos abrir las ventanillas del carro y procedía mi padre a dar la vuelta al parque, lo cual no tenía nada de chistoso: un parque desierto, polvoriento rodeado de árboles rasurados para que parecieran inmensas cajas verdes. Luego venía la visita al Hermanito Pedro: “Quien no necesita que lo nombren santo, pues ya lo es”, afirmaba mi madre, siempre muy práctica en asuntos de la fe. Pasábamos a comprar una docena de veladoras a la entrada del templo, para sus pedimentos e intenciones. Nos hincábamos delante de la tumba enrejada, nos persignábamos al unísono y luego de muchas, muchísimas avemarías, mi mamá nos ordenaba: “Den tres toquidos para que el santo despierte y oiga nuestros pedimentos”. Y todos golpeábamos con los nudillos de las manos la madera de la lápida ennegrecida por el humo de las velas encendidas, y nos despedíamos persignándonos varias veces: el lugar era oscuro y olía a húmedo. En las bancas de la pequeña capilla, se escuchaba un murmullo como de abejas. Algunas mujeres descalzas, tapadas con perrajes de colores, rezaban calladito en lengua.

El almuerzo era siempre lo más alegre y festivo, en el atrio de la iglesia de San Francisco, a la sombra de las buganvilias, con la canasta de junco puesta sobre un mantel turquesa, donde mi madre realizaba la labor de la repartición de los panes.

Era ya como la una de la tarde y la ciudad estaba desierta. Algunos patojos del barrio se nos quedaban mirando desde lejos: el carro café de formas redondas como rinoceronte; mi padre, con un pañuelo blanco amarrado de los cuatro extremos sobre su cabeza para protegerse la calva, y mi madre con pantalón negro hasta los tobillos, y blusa floreada en naranja, sirviéndole a tres gritones que se peleaban por los sándwiches.