Miércoles 26 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Carretera

buscando a syd

— Maurice Echeverría
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Luego de un cuarto de siglo de vivir en el mismo lugar, mis padres se mudaron de casa. Los ayudé el otro día a llevar algunas cosas a su nueva residencia. Para lo cual subí a Carretera a El Salvador, que es donde han vivido todo este tiempo, donde yo mismo alguna vez viví.

Mientras subía por la autopista hinchada, prostática, recordé que antes antes, cuando era nomás un chirisito, Carretera a El Salvador era coordenada entre adánica y feral, ni siquiera asfaltada.

Y quedaba hasta la chingada: era como ir a Pana o qué sé yo. Una Mongolia lejana de árboles y aserraderos. Presentemente Carretera a El Salvador (así le quedó el nombre: genérico y topográfico) nos parece a todos una zona superevidente y cercana.

Cuando nos fuimos a vivir ahí con mis padres, en aquella última adolescencia, Carretera ya estaba poblándose bastante, pero era todavía un área relativamente calma e idílica. No existía el tráfico maldito que hay en la actualidad. El mar del desarrollo no había fagocitado la zona.

Ahora, al entrar propiamente en ella, contemplo con desprecio todos los comercios que existen y que le dan un semblante vulgar de consumo y establecimiento. La voracidad comercial e inmobiliaria han convertido a Carretera en un laberinto inclemente de negocios y condominios oportunistas, para una clase media encumbrada y aspiracional, que quema así su pisto, y cree que eso es vivir. No hay signos de cultura ni cohabitación más allá de la vitrina y la hartazón.

Llegando a mi antigua casa, aproveché para recorrerla, dado que era la última vez que, acaso, la vería. Caminé por los cuartos del hogar perdido, también por sus jardines fríos, sublimes y mohosos.

Parece que hay belleza y algo lamartiniano en todo esto, pero en verdad la vida en condominio representa, en mi opinión, la domesticación y muerte del espíritu. Especialmente para un ser urbano como yo, que necesita estar en contacto con las fuerzas vivas de la ciudad. Para mientras, esas comunidades cerradas se autosaturan la existencia de irrealidad, en tanto que dan la espalda a la gente y sus vicisitudes. Ni siquiera comunican entre ellos mismos. Es una narrativa posesiva, monádica e insular, que los torna en paranoicos y semipsicópatas. Seres de cámara, talanquera y razor ribbon.

Cargué mi carro con las cosas de mis padres, y después salí del condominio, quizá para no volver, dándome cuenta que aquellas casas, entonces tan señoriales y bonitas, actualmente estaban más bien derruidas, despintadas y pasadas de moda. De seguro devaluadas también. Así es como mueren los sueños pequeñoburgueses.

Manejando nuevamente por la carretera –pero esta vez para abajo– es posible que yo alcanzara a ver, en un tramo o curva, la gritante ciudad de Guatemala. Esa ciudad, alguna vez tan campechana y transitable, con sus superficies seguras y dominicales, hoy está de rodillas ante un tráfico atroz y traspasada por la miseria, la sobrepoblación, la inseguridad. ¿Qué otro karma traería ese reparto?

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