Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
La Columna

El mes de octubre

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
Más noticias que te pueden interesar

Los últimos días de septiembre corrían ligero para todos los escolares de la ciudad de Guatemala. Octubre fue siempre para mí, un mes adusto y gris, no solo por la lluvia, los charcos y los paraguas, sino porque debía dedicarme al estudio, a prepararme para los exámenes finales o como era mi caso, aprender de golpe y sopetón todo aquello que se había quedado en el tintero durante el año escolar, ya que los exámenes finales abarcaban siempre “todo lo visto en el año”, según apuntaba la maestra en el frente de la clase con vocecita vengativa de bruja.

Eran días de mucho estudio y mucho rezo, para alumnos como yo, siempre en la cuerda floja de pasar o no al siguiente grado escolar. Un mes duro por cuestiones del estudio retrasado y de golpes de pecho y contrición, pensando, pero ¿por qué no estudié desde un principio en lugar de pasármela de oyente oficial en las refacciones, acompañadas de café y champurradas?

Era el ritual de las cinco en punto en la Casa del Callejón. Largas conversaciones en donde los adultos discutían sobre el quehacer político del país, el Golpe de Estado justo a vuelta de la esquina o el último secuestro, comentado siempre en voz baja para que nadie escuchara, porque según el sentir mi madre, entonces en Guatemala, la situación estaba “color de hormiga”.

Con octubre llegaba también a la casa, la devoción de visitar a la Virgen del Rosario en el templo de Santo Domingo, sumándose, a los estudios de última hora, los padres nuestros y las infinitas ave maría rezadas a los pies de la Virgen del Rosario, no solo las mías sino, imagino las de mi madre para que por favor, “te lo suplico Virgencita, no me dejes porque no aguantaría otro año con la señorita Carmen Alonso”, uñas afiladas de garra de halcón ensartándomelas en mi bracito, recuerdo que suplicaba, alterando mi rezo, con el pensamiento muy dulce de los algodones rosados de azúcar y las melcochas despachadas en tuza que me comería a la salida del templo.

A pesar de aquella angustia infantil que me traía siempre el mes de octubre, debo de confesar que fueron días felices y luminosos, porque en medio del estudio y el rezo feroz, me fui afianzando a la devoción mariana de la Virgen del Rosario. Pero sobre todo porque fui testigo del amor inteligente y poderoso de mi madre, de quien nunca recibí ni reprimenda ni castigo por aquellas faltas y notas escolares. Más bien, palabras comprensivas y de aliento; ánimos que me hicieron creer que los deslices y fallas estudiantiles eran solo instancias pasajeras, lapsos de tiempo de espera hasta llegar a la madurez, dándome siempre, alientos y alas para nunca desanimarme y dejar de volar.

Con el paso del tiempo he llegado a creer que la Virgen escuchó las súplicas de mi madre, pues para mí, todo fue cuestión de tiempo y paciencia, ya que un día sin sentirlo, las letras, la ortografía, la lectura y la gramática adquirieron forma y sentido, aclarándose todo cuando la neblina de una incipiente dislexia se apartó de mi camino y por fin pude ver y comprender. Entonces, todo cobró sentido, la fe, la paciencia y el amor incondicional de mi madre.

Etiquetas: