Miércoles 21 DE Agosto DE 2019
La Columna

Tiroteo en un banco

EL BOBO DE LA CAJA

Fecha de publicación: 13-10-17
Por: Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com

La semana pasada ocurrió aquí, en la capital del remoto país africano donde resido, un suceso tan, pero tan poco común que desde entonces no ha dejado de comentarse, sobre todo entre la población local. A los extranjeros, en cambio, no nos afectó tanto; tal vez por sentir que no es asunto nuestro –o tal vez porque Occidente tiene cada vez menos talante para alardear de su condición presuntamente ‘civilizada’.

En dos platos: balacera y tres muertos en el interior de una sucursal bancaria. Hasta ahí, (desde mi perspectiva de guatemalteco) la noticia no pasaba de parecerse demasiado a cualquiera de esos titulares que, de tanto repetirse, ya ni llaman la atención. Luego, al enterarme de los detalles, supe que no se trató de un asalto.

Fue otra cosa. Según testigos, uno de los guardias a cargo de proteger el banco desenfundó su arma y, de la nada, ¡pum!, ¡pum!, mató a los otros dos agentes, compañeros suyos. Por último, de un tiro también, se quitó la vida él mismo.

Otro de esos locos como el de Las Vegas, fue lo primero que pensé. O como aquel de la farmacia en ciudad de Guatemala, me dije después, recién enterado de la sentencia que el juzgado dictó contra el propietario de la empresa ‘de seguridad’ por el irresponsable desliz de contratar a un perturbado mental y dotarlo de un arma.

Recordé asimismo la cifra: cada mes, en nuestro país son ultimadas casi quinientas personas y son vendidas más de dos millones de balas. Setenta mil municiones, todos los días. ¡Puta!, con razón estamos de muertos hasta el copete.

De vuelta al desenlace de los hechos en esta otra parte del mundo, el revuelo ha sido tanto que un alto funcionario de gobierno tuvo la iniciativa de proponer, por ley, que los guardias en los bancos vayan desarmados. Así de tajante. El populacho, por su lado, ha aplaudido la moción. De modo, pues, que es probable que ésta pase y entre en vigor pronto.

¿Sorprendidos? Tengan en cuenta que las circunstancias acá son muy distintas a las del país de la eterna balacera. Esta sociedad, a diferencia de la nuestra, está lo suficientemente cohesionada como para reducir casi a cero la probabilidad de un ataque. Con excepción de algunas zonas fronterizas, los civiles rara vez van armados. No hay razones para estarlo. En todo caso, el motivo de los temores –y el blanco de los rencores– son los chafas y la policía.

Uno de cada cinco nacionales son orejas del Estado. Ante cualquier anomalía, rapidito la plebe sabe quién fue el causante, para dónde agarró, cómo hallarlo. Así funciona el control sobre la ciudadanía.

Y el amor propio se encarga del resto: siendo una de las regiones más depauperadas del planeta, habiendo tanta hambre y miseria el orgullo de la gente es tan poderoso que, por lo general, se inhiben de deshonrarse a sí mismos. Antes bien, en el peor de los casos apelan a la solidaridad ajena y se resignan a vivir de las migajas que reciben.

Carteristas sí hay, por montones, pero es que el bolseo (cuyas víctimas son, en su mayoría, fuereños) es casi un deporte por estos lares.

Mientras tanto, en la bella tierra del quetzal “hay un ejército de polis que no han dormido, que no han comido, a quienes el sueldo no les alcanza para vivir, menos aún para soñar en el futuro, y que están al borde de meterle un tiro a usted”, escribió hace años J. C. Llorca, un colega, ya fallecido también.

“Sí, a usted. En la cara”.