Jueves 17 DE Octubre DE 2019
La Columna

Dialógico (2)

buscando a syd

Fecha de publicación: 12-10-17
Por: Maurice Echeverría

El diálogo –talismán de toda sociedad pluralista– solo funciona en precisas condiciones.

Están las condiciones primarias o esenciales: que haya pues voluntad de diálogo; que haya un diálogo coherente; y que haya capacidad de diálogo. En Guatemala estas condiciones primarias de diálogo son muy limitadas, por la sencilla razón de que no existe cultura de diálogo propiamente. Semejante cultura es responsabilidad de todos, claro, pero lo es, en particular, del gobierno, por ser el órgano metaoperativo de la nación. ¿Cómo puede un gobierno que no tiene ningún programa serio de diálogo reclamar diálogo en estos o aquellos momentos? Eso es como un koan zen.

Aparte de las condiciones primarias, hay un espectro de condiciones secundarias. Hablamos de la construcción de un diálogo justo, no solo en el sentido de ecuánime, sino además en el sentido de adecuado, en términos de fondo y forma. Un diálogo correcto hecho por las razones correctas, sin propósitos ulteriores u ocultos. Un diálogo tan riguroso como abierto, lo mismo enérgico que sensible.

En suma bien diseñado, con un formato de límites y derechos que sea orgánico y funcional, claro y dinámico, que empodere a los interlocutores necesarios, y que opere en los lugares y momentos significativos y precisos. Sobre todo, un diálogo que refleje un sistema evolucionado de intercambio. Liderado por personas con competencias especiales que comprendan que no se trata de hacer meros repartos y coaliciones, sino de formular lazos entre sistemas, inteligencias y jurisdicciones de valoración. Con la clase de integridad negociante que les permita modular los flujos de conversación sin timbrar un beneficio. Y cuya aspiración incontestada sea solo la de servir el proceso dialógico como tal.

Cuando no existen condiciones para el diálogo, entonces simplemente no conviene dialogar. El diálogo, contrario a lo que dice el truismo, no es siempre la mejor salida a una crisis. Para todo se saca el diálogo, como si el diálogo fuera el comodín mágico que va a zurcir nuestro vasto paisaje de heridas sociales. Pero yo pregunto: ¿se podía pues dialogar con el francotirador de Las Vegas? ¿O con los orcos que arrollaron a los catalanes? No. De la misma manera que no se puede dialogar con un abusador crónico o un adicto terminal de crack. Con un enfermo así, no se sienta uno a tomar el té: se le pone presión, se le pone límites.

Va para nuestros poderes actuales, con los cuales ya no es posible sostener ningún fiat lux dialogal. Si alguna vez hubo opciones para ese diálogo, quedaron muy muy atrás. Se dijo: “En estas condiciones no queremos elecciones”. Cuánta razón llevaban. Mi consideración es que aquel que se siente hoy por hoy en una mesa de diálogo está podrido, y como diría famosamente don Corleone, es el traidor. Esas agencias y grupos usuales que mantienen esa fachada de conversación solo buscan legitimar lo ilegitimable. En estas condiciones, no dialogar es en verdad honrar el diálogo.