Jueves 20 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Tiempos de carnaval

Lado b

— Luis Aceituno
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Una de las anécdotas más curiosas y repetidas sobre el general Miguel Ydígoras Fuentes, presidente de la República entre 1958 y 1963, es la vez que se presentó a los estudios del desaparecido Canal 8 de la televisión nacional y se puso a saltar cuerda frente a las cámaras, para demostrarle a sus detractores políticos que no estaba afectado, como se murmuraba, por la senilidad. Fue probablemente ese día que dio inicio lo que podríamos llamar con absoluta propiedad “la gran payasada nacional”. El proceso de decadencia carnavalesca de ese antiguo régimen surgido, más o menos, a mediados del siglo XIX y fundamentado en el autoritarismo, la dictadura y la exterminación del contrario. Un carnaval sangriento, tétrico, de acuerdo, pero inscrito desde entonces en el ADN de la estructura política de la nación. Nos lo había adelantado, a principios del siglo XX, el escritor francés Alfred Jarry, cuando retrató, en Ubu Rey, a un sátrapa sanguinario y demencial que solo podía provocarnos risa, quizá para exorcizar el horror. Chaplin también hizo lo suyo en El gran dictador. En tiempos de posmodernidad, sociedad del espectáculo y posverdad, el ancién regime no solo necesita de sicarios para sostenerse, sino también de entretenedores, como los llaman en inglés.

Cuando vi aparecer, el pasado jueves 5, a Álvaro Arzú –hierático, contenido, fantasmal– a mitad de la conferencia de la fiscal general, Thelma Aldana, y el comisionado de la CICIG, Iván Velásquez, sobre un asunto que lo concierne (caso “Caja de Pandora”, que no sé por qué diablos me suena como a lío de prostíbulo) temí lo peor. Me explico: la situación era tan perfecta que parecía ensayada durante largo tiempo. Una argucia de los productores para obtener rating. La televisión nacional viviendo uno de sus momentos históricos (me presenté, dijo después el Alcalde, porque la conferencia estaba siendo transmitida “en vivo y a todo color”). Por una décima de segundo esperé que la escena llegará a la apoteosis: Arzú dirigiéndose a Velásquez para revelarle: “Iván, ¡yo soy tu padre!”. Pero no, Arzú confesó ya no acordarse de nada y qué se va a acordar entonces de Star Wars. A él no le interesa ser Darth Vader, aunque sí iniciar su propia guerra. La batalla final. No necesariamente a nivel galáctico, sino más bien municipal. Para eso cuenta con la Policía de Tránsito (una versión tropical y folclórica de los terminators) y un batallón suficiente de descamisados, entre ellos el actual presidente Jimmy Morales, una persona tan humilde, nos dijo en la TV, que enviaba a sus hijos a las escuelas de beneficencia de su esposa Patricia.

De lo que podemos estar seguros, es que Arzú quiere participar en el carnaval. Recordarnos que él ha estado ahí desde el origen mismo de la batucada macabra (MLN, Lucas, privatizaciones, cooptaciones, piñatas y todo lo demás…). Para ello se ha apropiado, como es su costumbre (remember las canciones falangistas y el “Dios, patria y libertad”), de una de las muletillas más ridículas, grotescas, fascistas y miserablemente cómicas que ha producido el autoritarismo criollo: el “usted papá, usted mamá” de su antiguo enemigo, el general Ríos Montt, el único mandatario (aunque este de facto) que ha superado a Ydígoras Fuentes frente a las cámaras de televisión. El viejo régimen agoniza y el nuevo no miramos por dónde pueda nacer. Mientras tanto, la payasada, para entretener a los espectadores que somos de esta gran farsa nacional.

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