Lunes 10 DE Diciembre DE 2018
La Columna

La tienda del arqueólogo

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
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En la esquina de la Doce calle y Quinta avenida quedaba la tienda del arqueólogo. La Doce calle era bulliciosa y cosmopolita, por las personas que transitaban, turistas que se hospedaban por largas temporadas en el elegante Palace Hotel. Las calles aledañas estaban pobladas de pequeñas tiendas típicas para turistas, en su mayoría gringos panzones con guayaberas blancas de manga larga, que caminaban del brazo con mujeres de tez blanca, de pelo corto colocho y tieso, con faldas amplias plisadas y gafas oscuras con aros en forma de mariposa.

Caminaban despacio por las calles, como aburridos. Algunos con un puro en la boca, en rutas precisas que incluían la Joyería La Dama, la tienda del arqueólogo en la Quinta avenida, las oficinas de Pan Am en la misma Doce, y pasadita la Sexta, la Tropical Radio, en donde también estaba la All American Cable en donde los turistas hablaban por larga distancia con sus parientes, de por ejemplo que había regresado sin novedad de la selva; o bien, enviaban un cable más económico, en donde la destreza de la síntesis era lo más importante, pues en pocas palabras se debía comunicar mensajes larguísimos: “Sobreviví paludismo Ya fuera hospital Aún quinina”, porque se cobraba por palabra, y donde los puntos y comas tenían el valor de una palabra.

En la Once calle, a la vuelta del hotel, quedaba el Almacén y Restaurante El Patio, propiedad de los señores Altalef. El Patio era punto de encuentro de historiadores, científicos, artistas y arqueólogos, que nunca llegaban a aprender totalmente el castellano, pero se establecían por largo tiempo en Guatemala o la vida entera, por razones de trabajo o porque la hicieron su otra patria, como William Popenoe, Dr. Chamberlain y Mrs. Palmer, la mujer más alta en la historia del país.

Los turistas eran en su mayoría gringos procedentes de Washington, que daban palmaditas en la cabeza a los pordioseros descalzos de la calle, como si fueran perros, junto a alguna limosna. Muchos venían a Guatemala a implementar programas de ayuda de Alianza para el Progreso. Viajaban en taxi a La Antigua y a Atitlán, y, luego, verificaban si lo costales de leche en polvo enviados desde el Norte estaban, efectivamente, aplacando el hambre endémica nacional.

En aquellos años sesenta, con un magnicidio local dejado a la vuelta de la esquina, y con los misiles rusos apuntando a Cuba, un militar excéntrico manejaba las riendas de la nación. Guatemala estaba nuevamente en el ojo del huracán, mientras la Universidad de Pensilvania descombraba árboles en medio de la selva sacando a luz, las altas pirámides de la ciudad maya de Tikal, lo que atrajo a muchos arqueólogos y viajeros a Guatemala con primera escala en el Palace Hotel.

Yo vivía a la vuelta del Palace, y desde la terracita del segundo piso de la casa del Callejón Normal, se veían las torrecitas del hotel, castillo tropical en miniatura.

El edificio del Palace era macizo, de ladrillo recubierto con repello en color blanco o gris, imitación exterior de los palacetes europeos, y réplica interior de los hoteles de época, de lobby inmenso al centro para dar espacio al voluminoso equipaje de baúles y maleta de los turistas. El portón de ingreso era enorme, con seis bandas de madera, con gruesos vidrios biselados y grabados con las iniciales PH, como en los hoteles de Nueva York que salían en las películas en blanco y negro de la franja de Telecine por Canal 3.

Mi entorno fue aquel paisaje hotelero. Yo era una pequeña peinada con cola de macho muy jalada, vestida con modelito del Almacén Marilú, que miraba de la mano enguantada de mi madre, la preciosa barbería de la Palace, los pasteles de don Carlos, y los taxis-hipopótamos que llevarían a los turistas por los caminos sinuosos que construyó Ubico. (Continuará…)

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