Miércoles 20 DE Marzo DE 2019
La Columna

Nosotros hacemos esto por dinero

Lado b

— Luis Aceituno
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Lo que nos va quedando claro dentro de toda esta confusión de valores en la que nos vemos envueltos, es la capacidad que tiene el dinero para corrompernos. A eso se reducen estos últimos 30 años en que hemos querido ser una entidad en la medida de lo posible normal (civilizada); es decir, un país democrático, respetuoso de las leyes, de los tratados internacionales, de los derechos humanos, de la libre competencia, etcétera, etcétera… Lo que salta ante nuestros ojos, es que toda esa retórica convertida en doctrina política, o más bien electoral, no ha sido más que un fraude. Frases hechas, principios huecos o pervertidos, anzuelos envenenados para obtener financiaciones de organismos y países que rigen los destinos del globo. El dinero es lo que cuenta. Qué es la nación, la nuestra, sino un monstruoso colectivo de embaucadores, de ladrones, de traficantes, de acaparadores, de corruptos que vio en el Estado y sus instituciones una forma de enriquecerse obscenamente a costas de la salud, la educación, la calidad de vida de las clases trabajadoras. Así de primitiva es la explicación, como primitivos nos hemos vuelto nosotros en estas sociedades que nos envolvieron en su borrachera de codicia y de consumo.

Un país podrido, así nos califica Fukuyama. Sí, el mismo que nos anunció hace tres décadas, junto a su colega Bell, el fin de la Historia y de las ideologías. El fin del mundo, como lo habíamos conocido hasta entonces. Se acababa la lucha de clases, el motor que había movido guerras y revoluciones. En adelante, todos seríamos iguales en el mercado y en el consumo, empresarios libres soberanos e independientes hasta de nuestra propia miseria. Hablar de injusticia, de precariedad, de hambre, era detenerse en un pasado que había sido arrasado por la tecnología y las comunicaciones instantáneas. Era no estar en el mundo. ¿Qué hizo que el Dr. Francis Fukuyama dejará por un momento de lado su preocupación por las grandes mutaciones globales y volviera los ojos hacia Guatemala, un país que a muchos de los arquitectos del nuevo orden mundial les costaría hasta identificar en un mapa? Posiblemente lo alarmó esa retorcida derivación de sus teorías, ese fallo en su sistema de predicciones, esa negación tan contundente de los beneficios del pensamiento único. Guatemala es un país en donde todo se pudre y se corrompe, desde los bananos hasta las ideologías.

Mientras tanto, Jimmy Morales está demasiado aturdido como para ponerse a pensar en la podredumbre como categoría filosófica. Para él hacer política (o patria) no pasa por comprender los retos de la posmodernidad y la globalización, sino por recitarle poemas fascistoides a su hijo y por buscar el cobijo de los poderosos. Esos que le pueden facilitar el soporte necesario para levantar muros de impunidad que protejan a los que le dieron de comer y de vestir mientras él se convertía en lo que es, un cómico travestido en presidente. Como en su antiguo sainete televisado, la mayor preocupación de Jimmy ha sido demostrarles a sus patrocinadores que, a pesar de las torpezas propias del principiante, el dinero que invirtieron en él, fue una buena decisión, que sus fortunas, sus privilegios, su impunidad, están a resguardo, como el Alcázar de Toledo, ocupado por el coronel Moscardó.

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