Lunes 24 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Los niños de la patria

Lado b

— Luis Aceituno
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Haciendo el recorrido en lancha entre Santiago y San Juan sobre el lago de Atitlán, recuerdo aquello de que Guatemala, al final, es un paisaje con un montón de gente arrejuntada adentro. Un bello paisaje. Soberbio. Un paisaje al que muchas veces me he aferrado, casi con desesperación, para convencerme de que vale la pena vivir en este rincón del mundo. Las tonalidades azules del agua, el verde intenso de montañas y volcanes, esa brisa que te golpea el rostro, me conectan a mi historia, a mis orígenes, a ese niño que de pronto descubrió la inmensidad y se pasó dibujándola torpemente en los cuadernos escolares. Esa era Guatemala para mí: dos volcanes con un sol que sonreía en medio, un lago, algunos árboles, unas barquitas que se perdían en el horizonte para mí inalcanzable. Vi muchos niños y niñas en la ruta de la capital a Santiago Atitlán, entrando por la Costa, el 15 de septiembre. Iban todos bañaditos, peinados, impecables en sus uniformes azul y blanco. Estuve a punto de llorar por un momento. Nunca me había conmovido tanto verlos marchar detrás de una bandera. ¿A cuántas generaciones hemos estafado con el cuento de la libertad y la independencia? Aún sin comprender del todo el país en que les ha tocado nacer, estos niños buscan, necesitan una patria, un lugar al cual pertenecer, que los proteja, que los cobije. Y buscan esa patria sin encontrarla por calles y caminos, por parajes demasiado tristes. Paisajes de la precariedad, de la suciedad, en donde el esplendor de la naturaleza choca demasiado con la vulgaridad, el deterioro y la miseria. De aquí a unos años, todos estos niños que hoy marchan con orgullo detrás del pabellón nacional, estarán dispuestos también a subirse a trenes de la muerte, a marchar por esa ruta tenebrosa que los lleva a franquear la línea, a dejar atrás un origen que los ata demasiado a la pobreza, a la ignorancia, a la enfermedad, al crimen, a la corrupción, a la servidumbre, al desamparo… A esa Guatemala libre, soberana e independiente que nunca los incluyó en sus planes de prosperidad y desarrollo, que les cobrará de por vida el vaso de incaparina y las galletas que les ofreció a regañadientes cuando asistían a escuelas a punto de derrumbarse.

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Fue Rafael Spínola, ministro de Fomento de Estrada Cabrera, el que puso a desfilar marcialmente a los niños de escuela durante las Minervalias (esa excentricidad incomprensible y delirante propia de las repúblicas bananeras). En un principio se planeó como una celebración del cumpleaños del dictador, el 21 de noviembre, pero al final se trasladó al 29 de octubre para cerrar el ciclo escolar y así “estimular” (sic) a la juventud estudiosa de Guatemala. El desfile comenzaba en el Callejón del Conejo en dirección a la Plaza Mayor y luego transitaba por toda la Calle Real de Jocotenango, hasta culminar en el Templo de Minerva frente al Hipódromo del Norte. Los niños, algunos descalzos, marchaban con uniformes militares y fusiles de palo y se ofrecían al dictador como soldados de la patria.

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Dos imágenes de Jimmy vistas en redes sociales: en la primera, sonríe y aplaude como un niño el paso del desfile de su primer 15 de septiembre como presidente. En la segunda, tiene el rostro totalmente descompuesto, mientras anuncia la cancelación de las últimas festividades patrias. Parece un infante desolado al que le arruinaron la piñata.

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