Viernes 22 DE Febrero DE 2019
La Columna

Laboratorio de Caín

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
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El mundo está en deuda con África desde que a Europa le dio por saquear al por mayor los recursos naturales del llamado continente negro y, de paso, secuestrar a millones de mujeres y hombres utilizados luego como mano de obra esclava.

Pero no sólo eso. Destaca también la rica herencia cultural. Sería muy torpe hablar de música original de América, por ejemplo, y no reconocer los ecos africanos que empapan sus ritmos y sonidos, desde la samba y el bossa nova hasta el góspel y el blues, pasando por el mambo y el chachachá, el son y el guaguancó, el pambiche y el merengue, la cumbia y el vallenato, la guaracha y el danzón, la punta y el hip-hop.

Destacan, en riqueza musical, sobre todo los países del oeste: Mauritania, Senegal, Burkina Faso, Mali, Congo, Sierra Leona, Ghana, Camerún, Nigeria, Costa de Marfil. La producción ahí es apabullante en cantidad tanto como en diversidad. Sudáfrica tiene asimismo lo suyo. Y en el cuerno oriental, que es donde vivo yo, el fenómeno es muy distinto, aunque no menos cautivador.

Medio siglo atrás hubo un apogeo en la experimentación del jazz con las cadencias e instrumentos oriundos de estas tierras. Se grabaron, entre los años sesenta y setenta del siglo pasado, cientos de joyas en vinilo que hoy es posible escuchar gracias a Belaku Melay Emiru, propietario del Fendika.

Cualquier melómano que venga de visita por acá ha de saber que el Fendika es parada obligatoria. Y si se trata, además, de personas con curiosidad por indagar acerca del origen de las cosas, la historia que hay detrás es inspiradora.

Belaku se crió en un orfanato. Más adelante, sus excepcionales dotes de bailarín le permitieron conseguir trabajo en el club Fendika. Cada noche, tras la hora de cierre se las arreglaba para dormir en la trastienda del local, y así, poco a poco juntó lo suficiente para comprarle el negocio a sus jefes. Para entonces, gracias a una paciencia y una determinación loables, contaba ya con la colección de discos vintage más importante del país. Vejestorios que nadie quería, refundidos en áticos, baratillos y tiraderos de cachivaches, él los iba rescatando uno por uno.

Poderlos escuchar aún es un milagro que Belaku hace realidad desde su tornamesa, surtidora de portentosas maravillas. No voy tanto como debería, en parte porque me he vuelto bastante ermitaño. Últimamente acudo sobre todo las noches en que se presenta un quinteto extraordinario: Kaÿn Lab, el laboratorio de Caín.

Formado por iniciativa de Jonovan Cooper, saxofonista oriundo de Carolina del Norte, la banda incluye también teclados, trompeta, bajo eléctrico y batería. Mi favorito es sin duda Henock Temesgen, un bajista local cuyos dedos le arrancan texturas de gamuza y terciopelo a las seis cuerdas de su instrumento.

Cooper, el cabecilla, vino hace unos años, se enamoró, hizo familia y desde entonces reparte su tiempo entre el fuego del hogar, la docencia, los ensayos y los toques. La parte de la docencia es clave: ¡vieran la cantera de increíbles músicos macerándose inadvertidos en este país, necesitados de una pulidita nomás, para destacar como los grandes!

Juntos, los cinco tocan un lunes composiciones propias sólo ellos, y el siguiente lunes invitan a sus alumnos a rotarse en el escenario. El repertorio se centra en el llamado ethio-jazz, ese ensamble fantástico del que Belaku es rescatista y archivador número uno.

Escucharlos en vivo, respirar la atmósfera, presenciar en primera fila el ensamble comulgando con ellos casi, es algo que va más allá de lo meramente sonoro. La experiencia se eleva a otro nivel. Un rapto de espiritualidad mundana.

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