Viernes 25 DE Septiembre DE 2020
La Columna

Martí en Guatemala (final)

Viaje al centro de los libros

Fecha de publicación: 12-09-17
Por: Méndez Vides

El poeta cubano José Martí escribió el libro Guatemala para quedar bien con nuestros antepasados, que tanto aprecio le demostraron, tendieron la mano y convirtieron en maestro. En la primera página escribió que Guatemala: “Me da trabajo –que es fortaleza–, casa para mi esposa, cuna para mis hijos, campo vasto a mi inmensa impaciencia americana”. Con el corazón, agradeció la lealtad. Pero nunca imaginó que al volver casado caería en desgracia, y tanta ilusión se trucaría en desengaño, porque sería lamido con la lengua helada de un perro esquivo de callejón. No tardó en desvanecerse el deseo de quedarse a vivir aquí, y, seguramente, mucho le habrá costado explicar a su esposa Carmen, ya embarazada, que habían sido verdad todas las maravillas que durante el viaje de bodas le estuvo refiriendo de los guatemaltecos mientras terminaba de escribir su obra de agradecimiento en plena luna de miel en Acapulco. Amaba el país al cual llegó soltero y fue querido, pero donde casado ya no se le admitió.

Las intrigas chapinas lo golpearon, y su preocupación se cifró en la esposa decepcionada, que en lugar de cariño encontró rechazo: ‘“¡Pobre Carmen! A costa suya me han enseñado una gran verdad –con un poco de luz en la frente no se puede vivir donde mandan tiranos– ¿Qué mal les he hecho? … Publicar un libro en que con amor y calor, para ellos nuevos, revelo sus riquezas desconocidas”’

A la situación crítica y desesperada se une una nueva circunstancia inesperada, el 10 de mayo falleció María García Granados, por un resfriado que agravó una posible pulmonía o tuberculosis previa. El velorio y sepelio fueron todo un evento social, la clase alta capitalina acudió en estampida y entre corrillos compartían indignados que María había muerto de amor, herida por la traición del cubano que solo la ilusionó. Quizá hasta Martí habrá sentido algo de culpa, en medio de tanta consternación y luto, sintiéndose un advenedizo en el funeral, porque una década más tarde escribió su poema más famoso en Nueva York, cuando ya su relación matrimonial

había naufragado definitivamente: La niña de Guatemala. La muerte de María fue el último golpe que recibió el poeta, quien ordenó sus deudas y tepalcates, y buscó refugio en su querida Cuba. Guatemala lo ilusionó y luego lo expulsó, pero continuó su vida de maestro trashumante hasta que selló con el martirio su desolación.