Lunes 22 DE Julio DE 2019
La Columna

Jinetes en la tormenta

Lado b

Fecha de publicación: 12-09-17
Por: Luis Aceituno

No sé por qué me sigue rondando en la cabeza, la anécdota del surfista que, el sábado a mediodía, desafiaba en una playa de Miami la tormenta que se avecinaba. Mientras la ciudad se vaciaba y sus habitantes buscaban protección y refugio ahí o en otros lugares, él buscaba la ola perfecta, esa que solo puede proporcionar un huracán. A las seis de la tarde apareció ahogado. Su historia le proporcionó el toque de color necesario a la oscuridad de la tragedia. Todos los medios de información lo reportaron, como una excentricidad propia del espíritu estadounidense, esa curiosa inconsciencia que hace creer que se está siempre por encima de la catástrofe. Por algo ahí surgió Superman, capaz de regresar el planeta en el tiempo para que no se muriera Louise Lane. Yo lo vi en la tele, a eso de la una de la tarde, estaba detrás de un alarmado reportero que constataba la fuerza del viento y del agua que tocaban las playas y el hombre, al fondo, haciendo piruetas con su tabla parecía de chiste. Luego, noté su presencia en varias fotografías de agencias internacionales.

El heroísmo en los tiempos que corren está revestido de una tremenda estupidez. ¿Qué buscaba este tipo?, ¿hacerse el heroico? o ¿hacerse el chistoso? (eso, por supuesto, es un secreto que se llevó a la tumba). ¿A quién beneficiaba con ese acto tan idiota y extremo? Es como meterse diez hot dogs enteros a la boca para protestar contra la mala alimentación y la sociedad de consumo. Surcar el huracán en una tabla de surf para creerte el más chingón del universo, es una imbecilidad sin beneficio social alguno. Es decir, no vas a detener la tormenta, no vas a contrarrestar la tragedia, no vas a ayudar a la ciencia, no vas a reducir el número de damnificados. Lo más seguro, es que vas a aumentar las estadísticas de los muertos, como le ocurrió a este pobre cuate en su performance suicida y a todas luces fallida.

Lo que sigo sin aterrizar es por qué la anécdota me remite tanto a Guatemala. Una tragedia –un tsunami– cada vez más anunciada y un montón de surfistas haciendo micadas frente a las olas. Río revuelto, ganancia de pescadores, decía mi abuela, siempre tan sentenciosa ella. Un país que se desmorona y un montón de sicóticos haciendo cuentas de los beneficios que puede traerles la reconstrucción. Jimmy Morales es el claro ejemplo del surfista autodestructivo y pintoresco. Vio venir los pencazos –es decir, el aguacero, las olas– que llegaron en 2015 y en vez de retraerse, de hacerse el baboso, de comprender que la forma de hacer política que él representa está condenada al delito, se montó como buen oportunista a la ola, solo para saber que se siente ser el hombre más poderoso de Guatemala (error fatal, porque los presidentes ya no mandan). Ahora está ahí, surcando la tormenta en una tablita de surf (así rascuachona, de las de imitación), a punto de estrellarse con un maremoto. Lo peor es que piensa que de un chingadazo así, se puede salir ileso, y que la tontería suicida de su hazaña ayuda a Guatemala a ser un país soberano e independiente.