Miércoles 26 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Las vísperas

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
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En la tarde del 24 de diciembre de 1917 tembló fuerte. La abuela María se comenzó a preparar desde un mes antes, cuando sintió los primeros jalones de tierra, justo antes de las celebraciones del cumpleaños de Don Manuel, el señor Presidente.

 “No pasa nada, María”, le reprochaba el abuelo Dámaso, quien se preocupaba más por su loro o de los asuntos de la guerra europea que no daba señas de terminar, que de los temblorcitos “que no hacen más que asustar a las mujeres”, decía Dámaso, a la hora del desayuno, mientras leía las noticias en el diario de la mañana. El fiambre lo comieron tranquilos, pero a mediados de noviembre hubo varios sismos que llevaron a la gente a la calle, por lo que la abuela María, calladita la boca, haciendo oídos sordos a los decires y reproches de su esposo, se abasteció poco a poquito de lo que consideró necesario para poder sobrevivir una tragedia, ya fuera en la calle, enfrente de la casa o en algún campo desolado y verde en las afueras de la ciudad.

Se le ocurrió que el mejor lugar de la casa por “aquello de tener que salir corriendo” sería el zaguán, cerca de la puerta, por lo cual fue llenándolo de abastos, que crecían en torrecitas arrimadas a la pared o encima de los cipos de piedra.

El zaguán se convirtió de la noche a la mañana en la nueva alacena, y cada vez que Dámaso salía o entraba, miraba el desbarajuste de costales, bolsas y cajas en la entrada, en plenas fiestas navideñas y de Reyes, y alegaba por la exageración de María de querer trasladar la casa entera al zaguán: “Solo te falta traer las camas y a Copérnico, el loro”, vociferaba, con tono de legítimo disgusto.

Mi abuela tuvo el cuidado de coser con manta de la gruesa de Cantel, tres costalitos en donde guardó arroz, azúcar y frijol negro, este último mezclado con bastante chile chocolate seco para evitar que se le llenara de gorgojos.

Empacó dos cajas con ponchos de lana de Momostenango, porque el tiempo estaba muy frío; dos mudadas con pañales para la pequeña Lucita, quien para entonces no llegaba a los dos años de edad, y varios suéteres gruesos para los otros niños: Aquel fue un diciembre muy frío y el viento soplaba muy fuerte desde el Hipódromo del Norte.

En una caja grande de madera, en donde el abuelo había recibido unas golosinas para celebrar las fiestas navideñas de un pariente lejano de su pueblo en Pamplona, incluyendo un mazapán de almendra en forma de estrella, María colocó algunas cosas personales: un chal de lana negra muy gruesa para cubrirse del frío; su rosario de pepitonas negras y dos pares de calcetines de lana. Una botella del jerez amontillado y otro seco para calmar los arrebatos y el susto del abuelo y cuatro lamparitas de querosina que había comprado donde el chino de la quinta avenida. Colocó una caja entera de cerillos, tres botes de polvo fortificado con sabor a chocolate, marca Fosfatina para Lucita y un bote de regular tamaño de cápsulas de valeriana, medicamento indispensables para la abuela María, quien sufría desde niña de arrebatos de angustias y con eso de los temblores, las necedades de Dámaso y el cuidado de los cinco niños, se le acrecentaba lo que ella llamaba la “perseguidera”, algo así como unas ganas intensas de querer salir corriendo sin saber por qué o a dónde, provocándole que se le acelerara el corazón.

Continuará.

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