Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Un trío cósmico

lucha libre

— Lucía Escobar
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Los eclipses son como las navidades de los científicos: ahí aprovechan para ser felices. Son momentos únicos para estudiar, comprender, analizar y entender el cosmos. Un eclipse es un evento esperado y lógico, pero también mágico. Un eclipse dura una nada en la inmensidad del tiempo, pero su presencia deja certezas o fortalece teorías como la de Einstein, que afirma que la gravedad es capaz de curvar la luz y de deformar el espacio tiempo. Y aunque suene más poético que científico, es la famosa Teoría de la Relatividad, que solo pudo ser confirmada tras el eclipse solar de 1919.

También en 1991 vivimos un eclipse solar total en Guatemala. Yo estudiaba en un colegio de monjitas junto con un montón de adolescentes bulliciosas y rebeldes. Una amiga llegó con la novedad de que su abuela le había recomendado ponerse ropa interior roja para no volverse infértil. Nos burlamos de ella durante años. Yo no sabía que la advertencia de su abuela se afianzaría tanto en mi subconsciente, que el lunes del eclipse me puse, sin pensarlo mucho, mis pantalones rojos favoritos (y eso que ya no quiero tener más hijos).

Mi primera intención era pasar el eclipse en algún lugar natural, pero apenas logré llegar al parque central de mi ciudad. No intenté ver el sol. Abracé el silencio exterior y sentí el ambiente cargado y tenso. Parecía que las personas en la calle, no sabían que atrás de las nubes, la luna y el sol se hacían uno. Me sorprendió que fuera tan diferente a aquel eclipse noventero. Aquella vez fue impresionante vivir una noche chiquita, como si el tiempo pudiera condensarse, hacerse más compacto, minimizarse. Recuerdo la ternura que me dio ver a los pajaritos agitados buscando sus nidos para guarecerse, engañados de que el día había llegado a su fin, aunque solo era una ilusión que apenas duró unos minutos. Esta vez, no hubo una pequeña noche dentro del día; no se oscureció mágicamente todo. No se fueron a dormir las aves por un ratito. No cantaron los gallos. No ladraron los chuchos. Pero si se observaba bien, podían verse algunas sutiles diferencias.

Mis hijos regresaron del colegio con la queja de que los encerraron en una clase con pésimo Internet para ver el eclipse por vía cibernética. Les pregunté si leyeron el cuento de Tito Monterroso, El Eclipse, y como no lo conocían, lo buscamos y se los leí. Nos reímos de la visión equivocada que tenía Fray Bartolomé de los indígenas, y del siniestro, pero divertido final de la historia.

El científico Enrique Pazos recomendó que nos fijáramos en la huella del sol entre las hojas de los árboles. Alguien más fotografió la luz astro rey pasando por el hoyito de una lámina. Fue una maravillosa y sencilla manera de vivir y observar esta conjunción astral sin necesidad de un gran equipo y sin el peligro de quedarme ciega.

Así recordaré yo este eclipse: como tortilla recién mordida.

@liberalucha

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