Viernes 19 DE Julio DE 2019
La Columna

De la pena de muerte y otras penas

Lado b

Fecha de publicación: 22-08-17
Por: Luis Aceituno

Jimmy Morales tiene maneras muy curiosas de decir que está a favor de la aplicación de la pena de muerte. Sus casi dos años de gobierno le han servido para convertirse en uno de los grandes artífices del circunloquio. Nunca afirma nada, nunca niega nada, aunque a estas alturas de su gestión ya se hace demasiado notoria su dificultad para estar bien con Dios y con el diablo. Cada vez que se le pide una declaración directa, el rostro se le transforma en una mueca de preocupación y agobio. No por la problemática que tendría que afrontar, sino por el partido que tendría que tomar frente a la realidad que lo rodea. No tiene, por ejemplo, la firmeza de asumir sus propias convicciones y decir: “Mis simpatías y principios ideológicos, políticos, religiosos, personales me llevan a creer que la máxima pena es la solución para la crisis de ingobernabilidad que enfrentamos y no pienso respetar ningún tratado internacional que me lo impida. O, lo que es lo mismo, si hay que matar a alguien, lo matamos, y asunto arreglado. He dicho.” Las declaraciones, por supuesto, serían dignas de un gobernante que se cree aún al frente de una república bananera, pero al menos estaría siendo asertivo, como posiblemente le aconsejan su terapista y sus asesores. Por otra parte, los guatemaltecos sabríamos a qué atenernos. Pero el estilo Jimmy, en todo su esplendor, se resume en galimatías tipo: si el Congreso dice sí, pues a mí no me queda otra que decir que sí, yo no discuto la ley, sino hago que se cumpla y no hay nada superior a la Constitución, entonces leyes o tratados internacionales no pueden estar arriba, digo yo, porque así está escrito en la ley, entonces yo no puedo decir nada ni pensar nada ni hacer nada, digo yo y a saber qué dicen ustedes…

La severa crisis, en todo sentido, que atraviesa el país, necesita de una profunda revisión de las estructuras que nos sostienen como entidad social, que el señor presidente no está dispuesto a asumir. Construir nuevos pactos sociales, generar una discusión amplia sobre el destino de la democracia, reflexionar sobre qué significa ser un país independiente en este siglo XXI… no son cuestiones que el mandatario contemple como soluciones viables a la problemática que enfrentamos. Él es un hombre pragmático, es decir, muerto el chucho y acabada la rabia, y eso de las “teorías humanísticas” está bien, pero para los suecos. Aquí los problemas, se solucionan echando bala. El olor a sangre y a pólvora es tan nuestro como el olor a tamales o a frijoles de olla.

Pero es posible que Jimmy Morales no tenga claro de lo que está hablando y que para él lo concerniente a la pena de muerte sea una nebulosa como para la mayoría de guatemaltecos. La verdad es que, en este país, la pena de muerte no se aborda como una solución más, entre tantas otras, al clima de violencia que nos azota, sino como una agenda preelectoral para exaltar los ánimos de los ciudadanos y así favorecer a una causa política determinada. Lo que gente como Otto Pérez Molina o Efraín Ríos Montt demuestran es que el pasado oscuro y tenebroso de ciertas figuras políticas no necesariamente tiene que funcionar en su contra, sino que puede revertirse para darle seguridad al electorado. La gente no necesita de un presidente, sino de un vengador justiciero dispuesto a apretar el gatillo a la menor provocación. De un tipo que, sin remordimientos, enchufe la silla eléctrica.