Sábado 20 DE Abril DE 2019
La Columna

Hablemos de subdesarrollo

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com

¿Quieren que hablemos de subdesarrollo? Les voy a contar un poco del que se ve por acá. Hace veinte años este país, situado en el cuerno de África, agonizaba de hambre y abandono y ocupaba el último lugar en la tabla mundial de la pobreza. Los indicadores más bajos en ingreso per cápita, desnutrición, analfabetismo, mortandad infantil, atención en salud y esperanza de vida eran los de esta región. Algunos recordarán las imágenes que salían en los periódicos mostrando niños esqueléticos de ojos saltones y moscas prendidas de sus labios, en segundo plano un buitre al acecho. Esas fotos venían de acá.

Luego hubo golpe de Estado y desde entonces gobierna una democracia de pantomima, ejercida por un partido único y plenipotenciario. El empuje para salir del fondo del pozo ha sido notable, pero también irregular, obstinado, insuficiente y, sobre todo, mentiroso: las cifras oficiales hablan de un despegue extraordinario –el milagro africano, es que le dicen– y los países cooperantes, cómplices de este monumental embuste, chochean de piadosa satisfacción derramando sus limosnas en una danza de miles de millones de dólares y yuanes y euros.

Pero en la calle y en el campo, de espaldas al papel que todo lo aguanta, se percibe una realidad distinta. La nación está empecinada en alcanzar niveles de bienestar equiparables a los de Occidente, y con tal de demostrar que están consiguiéndolo son capaces de dorarse la píldora mediante obras aparatosas que dan fe de una modernidad burda, superficial, imitativa, puro relumbrón sin sustancia.

Se ven edificios en obras por toda la ciudad, construidos con el culo, que a la hora de un terremoto –la zona es de intensa actividad telúrica– caerán estrepitosamente, sepultando a cientos de miles de infelices. Las avenidas son más anchas gracias a la ingeniería que trajeron los chinos, pero su trazo chambón es una burla y un atentado contra la seguridad de los automovilistas. Hay más carros, y por ende más tráfico, pero no hay idea de cómo conducir en atención a los más elementales criterios de urbanismo.

Bien podría escribir diez páginas sobre cómo maneja la gente. He visto carros con los espejos laterales metidos para colarse entre dos filas. He visto buses con cortinas en los vidrios: supongo que los pilotos consideran más importante cubrirse del sol que mirar si alguien los rebasa. Los conductores van zigzagueantes, como borrachos; menos mal se mueven despacio. Retroceden donde les da la gana, doblan sin pedir vía, se dejan ir como si nada.

Capítulo aparte merecen los peatones, dignos del libro de Ripley. La calle es de ellos, y punto. Caminan donde sea, se cruzan donde caiga, a lo kamikaze, desafiando la muerte. No voltean a ver siquiera. Pasean altivos, serenos, la vista al frente, imperturbables. Sólo un bocinazo los hace salir de su patín: sonríen entonces, angelicales, mostrando la dentadura entera, saludan con la mano y siguen su camino parsimoniosos, sin alterarse.

Una manera de calibrar el nivel de pobreza del lugar en donde estás es observando a sus mendigos. Aquí son legión: hombres, pero sobre todo mujeres; niños, pero sobre todo niñas. Su insistencia, su perseverancia es un tormento; se te prenden de la ropa y, suplicantes, te siguen –si es que pueden andar–por cuadras enteras.

A pesar de lo cual, juro que la más trágica de las miserias que he visto en estas tierras es igual de extrema y desgarradora que la que se palpa también, a borbotones, en eso que llamamos “la Guatemala profunda”. De modo que basta de voltear la vista para otro lado: así de jodidos estamos, también, nosotros los chapines.

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