Martes 18 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Zopilotes verdes

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
Más noticias que te pueden interesar

Marta murió dos días después del jueves de Corpus, sola, en la orfandad de su cuarto, cerca de la ventana, con vista al patio adornado con dos palmeras enanas, una enredadera de jazmincillo y un rosal de rosa reina color amarillo canario. Murió junto a su perro, un animal maloliente y greñudo de pelo gris por la inmundicia, que Marta A había bautizado con el nombre de ‘Muñeca’.

La encontraron sentada en el sillón pullman color azul profundo en el que solía pasar la mayor parte del día, leyendo los titulares de los periódicos a la luz que le llegaba  de la ventana, con la ayuda de una gran lupa redonda que hacía aún más grandes las letras negras de los titulares de prensa.

Vivía sola con su perro en una casa destartalada, de teja, a la vuelta del Callejón Delfino, en una habitación amplia y ventilada por las brisas que le entraban por la ventana, rodeada de decenas de fotografías antiguas color sepia enmarcadas en madera, cromos de paisajes helvéticos y un pequeño altar a la Virgen del Carmen adornado por dos ramos de palmas mustias, cubiertos por un polvo grisáceo pegajoso. El resto de los cuartos se mantenían cerrados con llave, intactos, tal cual lucían cuando la casa estaba repleta de voces, en los tiempos jóvenes de Marta A, de sus hermanas y papás.

El día que murió Marta, Manuela, la sirvienta, llegó temprano en la mañana a llevarle el desayuno, y la encontró con la cabeza recostada hacia adelante, con las piernas rígidas y el periódico abierto en su regazo.  La movió con fuerza un par de veces y como no se despertaba le gritó repetidas veces al oído: “Señorita, señorita, ¿se le ofrece algo?”,  y entonces notó que los ojos los tenía trabados y que un riíto de saliva verduzca y espumosa le corría por la comisura de la boca, mojándole la quijada.

Marta A había enviudado antes de casarse, porque su novio de toda la vida, a quien no dejaban pasar más allá de la banca que estaba en el zaguán de la casa, se esfumó por arte de magia y nunca más lo volvió a ver.

“Deshágase del perro”, le dijeron las sobrinas de Marta A a Manuela a la salida del cementerio, el día en que la enterraron. “Ese perro apesta y nos ensucia con sus pelos hediondos la ropa”, dijeron cuando subían al carro negro de vidrios polarizados, dejando a Manuela frente al mausoleo de Marta, arreglándole como pudo una docena de rosas que ella había comprado para el sepelio.

Lo del perro fue tarea difícil porque el animal no se movía del sillón en donde había muerto Marta ni siquiera para comer el pan dulce de manteca remojado con café con leche que le preparaba todas las mañanas a manera de desayuno. El perro permaneció así por días, echado, con la cabeza gacha sobre la alfombra desteñida, cerca del faldón del sillón, mostrando sus pequeños dientecillos filosos a todo el que se le acercaba.

Llevaba ya varios días así, cuando don Lencho, el herrero de a la vuelta de la casa,  decidió llevárselo. Llevó un mecate de tender ropa y, en un momento, cuando el perro dormía profundo, le amarró fuertemente hocico y patas, y se lo llevó cargado como presa de cacería a la casa de unas monjas franciscanas que habían decidido quedarse con el animalito, más por lástima que por otra cosa, después de conocer la historia.

La casa todavía olía a tufo de perro cuando entraron a llevárselo todo. La última rosa reina que había florecida en el rosal se había desojado por completo.

Etiquetas: