Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Castigos

follarismos

— Raúl de la Horra
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El castigo ha sido, desde los albores de la humanidad, uno de los métodos que el ser humano ha utilizado para enseñar lo que no se debe o no se puede hacer, ya sea con fines preventivos o correctivos. Indudablemente que la eficacia del castigo depende de un sinfín de condiciones tanto objetivas como subjetivas (del método que se utilice, de la severidad, de la causa, de la circunstancia, del momento, de quién lo aplica, etc.) y es muy difícil en este terreno hacer afirmaciones generales sobre qué métodos son los más eficaces o apropiados, o de si hay métodos universales para una misma situación. Los mamíferos y otros animales desarrollados suelen castigar a sus crías para destetarlos y enseñarles a desenvolverse por sí mismos, y también aplican castigos, a veces rigurosos, para marcar jerarquías, límites y territorios.

En la historia de la humanidad ha habido diferentes puntos de vista, tendencias, justificaciones, métodos y estilos en la aplicación de castigos. Desde los enfoques y prácticas más crueles, hasta las más benignas; desde las más toscas, hasta las más refinadas; y desde las más físicas, hasta las más psicológicas. Y también, desde los castigos que se aplican a hijos y familiares cercanos, o a miembros de la misma tribu, hasta los que se aplican a individuos o grupos considerados como hostiles o enemigos. Nadie puede olvidar en este sentido las penas impuestas por la Santa Inquisición a los que eran considerados como herejes, o las torturas practicadas por los servicios de policía y militares en casi todas las guerras, o los métodos utilizados en Guatemala durante los años de la represión o -bastante menos conocidos-, las torturas infringidas incluso hoy, por el ejército norteamericano, a los prisioneros ilegales en Guantánamo.

Desde luego que los castigos, es decir, el aplicar sanciones en calidad de advertencia o de reparación a ciertos hechos considerados por la sociedad o por el Estado como nocivos o reprensibles, sobre todo en lo que se refiere a comportamientos delictivos o criminales, son necesarios. Pero en estos tiempos de atrofia racional y de fundamentalismos religiosos y políticos galopantes -a pesar de que nunca como hoy se ha hablado de la necesidad de aprender a comunicar y a negociar para resolver problemas-, existe una peligrosa tendencia a dirimir todo tipo de conflicto, así como las situaciones interpersonales y sociales que han alcanzado cierto grado de confrontación, con métodos violentos relativamente drásticos, que van desde los gritos y las trompadas a los linchamientos, pasando por las amenazas, los chantajes y los bloqueos y prohibiciones, hasta llegar a las agresiones militares.

Todavía nuestras sociedades en su conjunto parecen marcadas por las enseñanzas y los mandatos bíblicos del Antiguo Testamento, en los que los métodos pedagógicos fundamentales para sancionar las llamadas “faltas” eran la lapidación y la exterminación de aquel, de aquella o de aquellos que infringieran las leyes impuestas por el dios hebreo. Él mismo, en su vanidad y rabia infinitas, nos muestra en esas páginas sagradas, cómo no tuvo reparos en destruir pueblos enteros y en desventrar a mujeres embarazadas y en aplastar niños para hacer valer su condición de dios omnipotente, celoso y vengador. Características estas que desgraciadamente parecen estar a la orden del día cuando uno oye al taxista, al político y al predicador, expresarse cada día desde los púlpitos de la ignorancia y la idiotez.

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