Sábado 21 DE Septiembre DE 2019
La Columna

Anotaciones sobre la feria de agosto

SOBREMESA

Fecha de publicación: 07-08-17
Por: María Elena Schlesinger

Las festividades dedicadas a la Virgen de la Asunción con su feria popular son las más añejas y arraigadas en esta ciudad.

Esta celebración religiosa se remonta a la llegada de los primeros colonos y hacendados españoles a este valle de la Virgen, quienes trajeron a estas planicies verdes y acuosas, el ganado cubano, trigo y pastizales para alimentar a sus vacas.

Se cree que esta celebración religiosa se inició en el siglo XVI, alrededor de 1728, cuando las autoridades eclesiásticas de la Capitanía de Santiago estimaron que, dado  el número creciente de almas que habitaban ya este valle, se hacía necesaria una nueva parroquia para suplir las demandas religiosas de los ya numerosos moradores, por lo cual crearon  la nueva parroquia de Nuestra Señora de la Asunción del Valle, en el antiguo poblado de la  Ermita,  localizado en dirección   sur-oriente,  cercano a la garita que llevaba al camino del Golfo Dulce.

Cuando se destruye la parroquia de la Ermita, debido al crecimiento urbano, la celebración de la fiesta patronal de la Asunción se trasladó  a la explanada del pueblo de Jocotenango, “poblado de indios” fundado por Pedro de Alvarado en  las cercanías de la antigua capital de Santiago, el cual se trasladó también al nuevo valle después de los terremotos  de 1773.  Fue uno de los únicos pueblos de indios que se movió a la nueva capital, y sus habitantes se convirtieron de agricultores en los albañiles y constructores de la nueva urbe.

En el nuevo valle,  Jocotenango fue ubicado en dirección norte, hoy día, lo que corresponde a los alrededores del Parque Morazán, y como testimonio de su pasado, conservamos una fotografía de su primitiva existencia: un paisaje deshabitado con iglesita blanca de calicanto, plaza de tierra negra, y en medio, una ceiba inmensa junto  a una pila pública de grandes proporciones chorreando de abundante agua. Poblado a derribado por el presidente Barrios cuando decidió agrandar la ciudad.

Las crónicas de viajes y testimonios familiares de los siglos XVIII y XIX nos describen estas fiestas como muy importantes y esperadas con ilusión por los capitalinos, en tiempos en que Guatemala era una ciudad pequeña, pacífica y bastante aburrida,  aletargada bajo las estrictas normas sociales y religiosas de la época.

En tiempos de nuestros abuelos y los abuelos de éstos, la feria agostina fue de fama nacional: actos religiosos y sociales y una vistosa feria con ventas de fruta, dulces, telas, trastos y sobre todo, ganado, distraían a la población por toda una semana.

Era la costumbre de entonces, que las calles que conducían a la feria en Jocotenango, en especial el Camino Real, hoy Paseo de la Sexta o de los Abuelos (por ser emblemáticamente histórica), las personas abrieran los pórticos y se sentaran a contemplar el paso de la gente y así gozar del bullicio, costumbre que permanece aún hoy día en el Centro de la ciudad.

Mirones y paseantes vestían sus mejores galas, emperifollados con sus “estrenos” de feria, se sentaban frente a su casa a contemplar el jolgorio de la época, siendo común que los jóvenes bajaran en grupos de los barrios cercanos sonando pitos de barro de pura alegría.

Las festividades agostinas se esperaban como “agua de mayo”, para alegrar un poco el ambiente y el tedio cotidiano; realizar un buen negocio, un trance o compra-venta de  ganado vacuno o caballar,  pues la feria era de fama, y  siempre había espacio para ganar unos reales, como decían los abuelos… y aún hoy día “hacer su agosto”.