Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Estrellita

follarismos

— Raúl de la Horra
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Estrella es el nombre de una gatita que recién cumplió dieciséis años de edad, pues nació al poco tiempo de haber vuelto yo a Guatemala, en el año 2001. Su madre, Lucero, una gata que traje de Colombia junto con otros tres felinos, me hizo escribir unas líneas en su honor hace algunos años, cuando un domingo en la noche, aquejada de una dolencia hepática, tuve que pedir auxilio a urgencias veterinarias y la imagen que guardo de ese adiós fue su brazo estirado hacia mí desde el interior de la jaula y un maullido como pidiéndome que no la abandonara. A la mañana siguiente, una voz anónima de la clínica me comunicaba que esa misma noche había fallecido, así que me juré que nunca más abandonaría a un animalito a su suerte, pues es cierto que a menudo no soportan el brusco alejamiento de su ambiente y de las personas que les son familiares.

En el caso de Estrella, la hija de Lucero –última en la cadena de gatos que me han acompañado estos años–, cuya longevidad y delgadez la llevaron a parecerse más a un faquir que a una gata, y que desde su sabiduría acumulada a través de años de travesuras, observaba el mundo cada vez con mayor displicencia, decidí que las cosas no sucederían como con su madre. Hace apenas dos días, presagiando una crisis, contacté a un amigo veterinario para que, como suele decirse, “la durmiéramos”, de modo que me preparé para el trancazo. La acompañé ese día en sus hábitos cotidianos, como salir al jardín a contemplar las flores, sus rezos y meditaciones budistas en el patio, y propicié sus banquetes de comida, pues –cosa insólita– le entraban de súbito unas ganas tremendas de comer, que era como si quisiera devorarse el mundo. Este jueves, el día elegido, se zampó nada menos que una lata de paté de salmón, más una pechuga casi entera de pollo desmenuzado.

A dios gracias (como decimos los chapines, pues son fórmulas retóricas casi obligatorias), todo transcurrió de forma serena y dulce. Yo había hecho abrir previamente en el jardín una zanja situada entre un árbol de eucaliptus y un aguacatal, y había comprado cal para cubrir su cuerpo. Al atardecer, acompañado de un entrañable amigo que comparte conmigo la pasión por los gatos, nos despedimos de Estrellita. La tomé en mis brazos –ella, ufana, movía la cola a ritmo de un vals vienés–, se dejó inyectar la dosis letal y empezó a esparcir, a través de sus últimos latidos, todo su amor, su sabiduría y sus aventuras acumuladas y compartidas con los humanos a lo largo de tantos años. ¡Una vida plena, cosa bastante excepcional tanto en animales como en personas! Un nudo en la garganta, un beso, y el suspiro final. Capri, c’est fini.

¡Cómo quisiera yo que la despedida de este mundo pudiera ser así de libre y descomplicada! Pienso que la eutanasia debería ser un derecho reconocido por la ley, como sucede en algunos países bajo ciertas circunstancias. Porque no existe nada superior ni más satisfactorio y ético que llevar una vida consciente y decidir de la propia muerte, como no hay derecho más legítimo que comer cuando se está hambriento y descansar cuando se necesita. Entiendo que ello va contra el espíritu y la praxis de muchos médicos, puesto que parte del gremio, sobre todo los que dependen de las empresas privadas denominadas “hospitales”, verían entonces menguar sus ingresos obtenidos en esa “industria de la vida” que, de hecho, se ha ido convirtiendo más bien en una “industria de la muerte”. Excelente tema de reflexión para este fin de semana, ¿no les parece?

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