Viernes 23 DE Agosto DE 2019
La Columna

Luchar desde la belleza

Lado b

Fecha de publicación: 25-07-17
Por: Luis Aceituno

Siempre que escucho hablar de racismo, me da por ponerme a escuchar discos de Betty Davis. La negra más negra que atravesó el panorama musical, político, cultural de los años sessenta-setenta. Una black divina, si es que el adjetivo tiene aún alguna significación en nuestros días. Me la recuerda una foto que el cineasta Ameno Córdova posteó en su muro de Facebook. Está ahí, al lado de su exesposo Miles Davis, quien platica animadamente con John Lennon y Yoko Ono. Está como fuera de plano, como apartada de los otros, vistiendo un atuendo sencillo (ella, la reina del glamur y la extravagancia). Como una presencia prescindible. Yo creo que a los otros tres (a Lennon, a Miles, a Yoko) les asustaba demasiado lo que esta mujer traía por dentro. Si aún arrastrás resabios de un pasado neo colonial y segregacionista, solo poné en el reproductor alguno de los discos de Betty –Nasty Gal, por ejemplo– que funcionará como una patada en tus entrañas, que te limpiará la cabeza de cualquier residuo supremacista, falócrata, integrista enquistado en tu cerebro.

Betty Davis nació en Durham, Carolina del Norte, y en realidad se llamaba Elizabeth Mabry, pero pudo haberse llamado María de haber nacido en Guatemala o en cualquier otro país en donde el racismo rija los destinos individuales y sociales. Durham era una zona de negros pobres, dedicados a la siembra y a la crianza de cerdos, ahí el blues era un canto que surgía de la desolación y la orfandad de todo, un blues sucio, muddy, es decir lodoso. Huyó hacia Nueva York a los 16 años y tuvo dos encuentros definitivos, con Jimmy Hendrix y con Sly Stone, que le enseñaron a canalizar su rabia, a convertirla en algo poderoso. Más tarde conoció a Miles Davis y entre ambos crearon sonidos capaces de transformar conciencias. Si uno busca su nombre en la red, fácilmente la relacionan con la diva Bette Davis o con la activista negra Angela Davis. Betty era un extraño cruce entre ambas. No tenía los preciosos ojos de la primera ni la formación política de la segunda. Pero fue capaz de transformar su cuerpo, su sexualidad, su voz en un arma de combate contra la imbecilidad racista. Black is beautiful, y sí, escuchándola a ella, el negro nos parece el color más hermoso.

No conozco a María Andrea Flores ni la ropa que comercializa con su marca “María Chula”, pero es la razón por la que me puse a hablarles de Betty Davis. ¿Tiene alguna relación? No sé, pero a mí se amontonan las cosas en la cabeza. Personalmente no me molesta el nombre de su marca y no lo encuentro groseramente racista, aunque comprendo que en un país como el nuestro, muchos puedan sentirse ofendidos por el mismo. Pero, a decir verdad, me escandalizan mucho más otras cosas. Las reacciones leídas en redes sociales a propósito de esta polémica, por ejemplo ¿De dónde surge tanto odio, tanto desprecio a los seres humanos?, ¿en qué nos hemos convertido? Puedo comprender las razones de unos y otros, siempre que se enmarquen en el espacio de lo civilizado y de la libre discusión. Lo que me asquea, y en realidad me da pánico, es esa vocación innata por el enfrentamiento estéril y feroz, esa negación absoluta de la inteligencia y la razón. Esa vulgaridad. Prefiero escuchar a Betty Davis, prefiero pensar que hay gente que lucha desde la belleza para transformar la realidad.