Viernes 15 DE Noviembre DE 2019
La Columna

La Caja de Estambul

follarismos

Fecha de publicación: 15-07-17
Por: Raúl de la Horra

El asombro es uno de los lujos más simples y deliciosos que el ser humano puede ofrecerse, y es quizás el movimiento del cuerpo y del espíritu más agradablemente intenso que aflora una vez que se han satisfecho las necesidades del vientre y la sobrevivencia. La clave para que este delicado placer se nos revele requiere el cultivo de la curiosidad y la contemplación, es decir, dos capacidades de desprendimiento e incluso de despersonalización que posicionan la mente en un estado de atención flotante no analítica, mientras los sentidos se esparcen como volutas de humo empujadas por cierta expectativa para experimentar el momento en que surge el deslumbramiento que nos estremece y catapulta a regiones extrañas, de donde volvemos con una especie de júbilo y la dulce sensación de haber perdido la noción del tiempo y del espacio.

Es eso, precisamente, lo que experimenté el día en que, caminando sin propósito fijo por un mercadillo de Estambul, me topé con una vieja caja de madera cuyo propietario, un sabio sufi de cabellera y barba blancas, me explicó que el artefacto servía para mostrar el funcionamiento del pensamiento mágico o creativo. Entonces, tomando dos cuerdas de un metro ochenta cada una, las dobló por la mitad y preguntó que cuál era el procedimiento lógico o racional para encadenar los bucles separados de ambas. Alguien propuso que la solución era tomar un extremo de una de las cuerdas e introducirlo por el bucle de la otra, como quien enhebra el ojo de una aguja. Muy bien, dijo el anciano. Pero –y aquí tomó él los dos bucles separados y los introdujo en la caja por sendos agujeros a cada lado– hay otro procedimiento que no es lógico –dijo–, y es este: ¡el mágico! Y para sorpresa de todos, extrajo por una ventanita situada en la parte superior de la caja, los dos bucles de ambas cuerdas misteriosamente unidos y las dio a examinar.

No me pregunten cómo funciona la bendita caja, el asunto es que siempre funciona: uno mete por cada lado una cuerda plegada, dejando afuera los extremos inferiores de las mismas, y cuando se extraen los dos bucles por la ventanita de arriba, ¡están enganchados! Entonces la gente abre la boca y lanza exclamaciones, algunos miran al cielo, otros se quedan paralizados de asombro. Es algo increíble. Pero surge ahora la necesidad de revelar algo importante: señoras y señores, resulta que yo soy el feliz poseedor de esta caja. En efecto, el anciano aquel, viendo mi interés, no me la vendió, sino que me la regaló. Ya que tu pasión por la magia es genuina ­–dijo–, toma, llévatela, tal vez le puedas sacar más provecho que yo, visto que en tu país han perdido el sentido del asombro (y es que yo le había contado que aquí nadie se inmuta ya de nada, que nos hemos vuelto como de piedra). Y agregó: tal vez tú puedas a través de tus palabras y de esta caja, devolverles el gusto por la poesía y el asombro. Y me vine con mi cajita.

Pero no quiero abrumarlos más con historias estrambóticas. Lo que deseo es invitarlos, si hay alguien a quien le interese ver la famosa Caja de Estambul en acción, a que vengan hoy sábado a las 19 horas, o mañana domingo a las 11 horas, al Teatro Mágico Marcel, situado en la 8a. avenida 0-49 de la zona 2, a un costado del parque Isabel La Católica, donde seremos varios los magos que intentaremos con nuestras artes, suscitar o prolongar el sentido del asombro. Que sean todos bienvenidos, grandes y chicos. Entrada: 50 pericos por persona. Hay parqueo.