Jueves 20 DE Junio DE 2019
La Columna

Ego de leo

EL BOBO DE LA CAJA

Fecha de publicación: 14-07-17
Por: Andrés Zepeda

Si existen los genios, tengo muy claro que no soy uno de ellos.

John Lennon postuló la frase justo al revés, en su sentido afirmativo; dichoso él. O tal vez no: ¿qué se sentirá respirar, transpirar, existir a merced del cerebro de un genio? Desconozco si el carisma hipersensible, fluctuante y atormentado que suele atribuírsele a los genios se corresponde con la realidad o si será más bien un estereotipo construido desde el romanticismo y exacerbado por la prensa sensacionalista. Como decía, creo estar lejos de tales pulsiones.

Claro que Lennon no era leo. Ser leo es otra cosa. Explico: buena parte de mis esfuerzos los agoto en el intento permanente de tener el ego a raya. De lo contrario, ¡ay, mamaíta!, no habría cuerda suficiente para un barrilete que aspira siempre a tocar la cresta del cielo.

¿No les ha ocurrido a ustedes el verse, de pronto, llevados irracionalmente a un extremo de disociación en el que pareciera que ya no somos nosotros los que estamos al mando, sino que hay alguien más controlándonos desde adentro, desafiando nuestra voluntad serena, aprovechándose de un instante de flaqueza; un impulso que brota de las entrañas y toma las riendas, jugándonos una mala pasada?

Es el ego. Maldito/bendito ego. Algunas disciplinas místicas, orientales sobre todo, recomiendan anularlo: cruz y calavera. He pasado por ahí y no me sentí bien. Qué sé yo, algo no cuadraba; son prácticas espirituales cuyos discípulos se las llevan de piadosos y a la vez pregonan que hay que darle matarile a un ímpetu que bulle en nosotros. ¿Cómo así?

Tal vez confundo las cosas, tal vez peco de torcido o de ignorante o de superficial; pero si de medidas drásticas se trata, en todo caso opto por dejar de lado las apariencias y, en vez de llevármelas de beato, exprimirle a la crueldad el mayor provecho posible. Dicho de otro modo: ¿para qué matar al ego si puedo torturarlo, someterlo, aprovecharme de él?

Al respecto puedo añadir que, si bien tiendo a ser tajante con el prójimo en general, a nadie le exijo tanto como me exijo a mí mismo. Quienes me conocen de cerca lo saben muy bien. Con el tiempo he llegado a relacionarme con mi propio ego como quien trata con un soldado raso. Un obrero multiusos, eso es mi ego: el que me hace los mandados.

¡Qué sería de mí, de mi tranquilidad, del íntimo gozo que llega al final de cada jornada bien cumplida si no fuera por el vigor diligente de ese ego que se faja en mi lugar! Es él quien da la cara, contesta correos, pelea derechos, discute argumentos, defiende posiciones, vigila flancos; es él quien trabaja por y para mí. Pero aguas, porque no es fácil conservarlo dócil.

Y es que el ego es como un empleado de confianza, pero que agarra furias que le duran días; un peón arrecho, buena onda, acucioso hasta donde ya no, pero a la vez salsa como él solo; creído el cerote, “igualado” dirían las señoronas fufurufas. No queda otra que tenerlo en posición de firmes, con la pita cuta, desinflarlo de vez en cuando para que no se le suban los humos. Máxime si ese ego es, para colmo, el ego de un leo.

Mi norma es: mantenerse lo más cerca posible del suelo. Tocar las alturas ocasionalmente se vale, y para eso están las drogas, los aviones, los viajes, la imaginación. Por lo demás, aquí abajo está lo que de veras me atrae. Un laboratorio infinito.

Y así, bien al ras en suelo firme, no hay poder capaz de derribarte.