Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
La Columna

El búnker (1)

buscando a syd

— Maurice Echeverría
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Vivo a un centímetro de la Embajada de los Estados Unidos, ese edificio eterno que ya todos conocemos, como de hormigón, y que pesa tanto que la Reforma se hunde ligeramente de un lado.

Parece un búnker, realmente, o una de esas horribles prisiones estatales. De los Estados Unidos, justamente: tiene ese mismo je ne sais quoi. Todo lo contrario a la Embajada de México, que está como a una cuadra (nos encontramos en una zona muy diplomática) y es una pieza arquitectónica menos sentada, pero más sentida.

La Embajada de los Estados Unidos se ha hecho de muchas de las propiedades circundantes, no sé si por compra o alquiler, o ambas cosas. Ese galeote tiene mucha influencia en el ambiente del barrio, compréndase.

Un par de veces han hecho esos locos el soundcheck del sistema de amplificación, y eso como a las dos de la mañana, por demás. ¿Han escuchado ese sistema? Es muy potente. A lo mejor no era un soundcheck sino un empleado gringo que había fumado demasiada hierba medicinal, y decidió poner una rolita para olvidarse un rato del trabajo y de las amargas promesas de América la bella.

Yo ando y des–ando mucho la zona–Embajada. Por tanto utilizo bastante la primera avenida, y en particular el tramo entre la octava y sexta calles. No es como que voy a ir a dar siempre la vuelta hasta la Iglesia. Me pregunto en qué medida y con qué derecho se apropiaron de ese tramo, cuál es el trato pues. ¿Es territorio estadounidense, como la Embajada misma? Lo dudo. Pero si no lo es, ¿a qué vienen los filtros físicos, los privilegios? Tampoco alego demasiado, porque siento que la Embajada viene a poner al área una seguridad y una paz que de otro modo no existiría. Pero no puedo dejar de considerar que es una rúa por completo cooptada, cooptada por el tío Sam.

Gringos rostros. Pero también hay locales laborando, guardias de seguridad, choferes, en grandes camionetas Ford. Luego puede que haya otros trabajando de incógnito. No sé. A mí un día un portero del edificio me dijo que el lustrador que siempre está en la octava avenida era un espía de la Embajada. Ignoro si decía la verdad o no, pero desde entonces ya no lo veo de la misma manera.

Mucho entra y mucho sale de este lugar. La lógica por supuesto es de protección y autorización, y la estética de comunidad cerrada y acamerada. Pero por otro lado, y en contraste, también se les ve bastante relajados, a los chatos. El policía de la talanquera, tan silbante, es un ejemplo. Yo nunca descarto que desde la Embajada propiamente me anden observando con un telefoto, pero en toda honestidad nunca me he sentido realmente vigilado o intimidado por estas gentes.

Mi problema es que soy un gran paranoico, un paranoico ejemplar. Al punto que, cuando vivía en la zona 9, siempre me sentía visto desde la sinagoga. Escribí en una ocasión una columna al respecto, y un judío muy simpático me invitó a entrar y ver todo el edificio por dentro, para que se me quitara la angustia. Agradecí el trato preferencial, porque ese templo también es un búnker, y no dejan entrar a cualquiera.

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