Martes 13 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Más niños siendo niños

lucha libre

— Lucía Escobar
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En este país, son pocos los niños que son niños y no mini adultos. A donde quiera que vean mis ojos están: son mano de obra barata y desechable pero indispensable para la economía de las familias más pobres.En los semáforos abunda la niñez trabajadora: hacen literalmente malabares, venden bananos, limpian vidrios, cuidan a sus hermanitos, trabajan de lazarillos. Van creciendo entre el humo y el ‘smog’, rechazados por la sociedad, acostumbrándose a una existencia que estorba. Estorban, porque su miseria nos salpica a todos. Se cruzan en nuestro diario vivir, nos sacuden la burbuja. Estorban porque nos cuestionan. No sabemos bien si al darles dinero, les hacemos un mal o un bien. Nos recuerdan que Guatemala es una niña con la panza vacía.

Me siento en una banca del parque, e inmediatamente, me rodea un enjambre de niños trabajadores: tres pequeñitos me ofrecen lustrarme los zapatos, otras dos patojas quieren hacerme trenzas en el pelo, unas niñas me meten entre los ojos; bufandas, pulseras, collares y otras artesanías hechas en China. Esperan turno para intentar venderme algo: la niña de los aretes, la de los chicles y los dulces, la joven de las tostadas.

Muy cerca, en la otra calle, hace rato que se encuentran trabajando los niños cuida carros. Algunos se sientan en sus cajas de plástico, cuidando los espacios, mientras sus padres o madres los vigilan desde cuadras cercanas. Veo también a una niña que escarba en los basureros buscando material para reciclar; aplasta con sus piecitos un montón de latas y de botes plásticos.

Adentro de las casas, donde nuestros ojos ya no llegan, las niñas y los niños siguen trabajando. La vida es dura para los niños en Guatemala. Las pequeñas desde que son unas pulguitas, asumen las tareas domésticas del hogar. Los niños acompañan a sus padres en las tareas agrícolas (si es que tienen la buena suerte de tener un pedazo de tierra donde sembrar lo básico), llevan también su mini machete, cargan bultos más grandes que ellos y sortean los peligros con la audacia y despreocupación que solo un niño puede tener.

Esta realidad se repite a nivel mundial. Según la organización internacional Save the Children, en el mundo 263 millones de niños y niñas no están escolarizados. 168 millones participan en el trabajo infantil, y la mitad de ellos (85 millones) realizan trabajos realmente peligrosos.

Más allá de las terribles cifras, atrás de estos datos, hay vidas humanas, seres que aún no se han formado y llevan ya sobre sus espaldas, todo el peso del mundo.

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